Por Claudia Rafael

    (APe).- Walter Bulacio tenía 17 años en 1991. Como Sergio Durán, en el 92 o Jorge Reyna, en 2013. Julián Antillanca tenía 20 en el 2010. Rodrigo Corzo tenía 27, en el 2003 y Marcelo Bogado, 20 en 2004 . Ellos son apenas algunos. Un manojo diminuto de historias truncas que tuvieron como disparo feroz del sistema, el mismo y siniestro final: una comisaría, una bala policial, una zancadilla implacable de alguna de las fuerzas de seguridad. María del Carmen Verdú, abogada de la Correpi, habla con APe de esas violencias, las pone bajo la lupa y las desmenuza. Les asesta nombre y apellido a los responsables. Y define: es la herramienta clave “para garantizar el control social en una sociedad dividida en clases”. Pero a la vez advierte, ante esos riesgos tan habituales para muchos: “No son casos. Son pibes. Son caras. Son nombres. Son mamás que todavía tienen el cepillo de dientes en el baño o que le cambian las sábanas una vez por semana y mantienen el cuarto como si el pibe estuviera por volver”.

A menos de una semana de la sentencia que condenó a tres años sin cárcel al comisario Miguel Espósito por la privación ilegal de la libertad de Walter Bulacio, Verdú profundizó en los entramados de los veloces gatillos policiales que fácilmente ponen en la mira a los mismos de siempre.

-¿Qué deja, a 22 años del crimen y con tanta historia recorrida, la historia de Walter?
-A partir de la fijación de fecha del debate, nos habíamos propuesto utilizar esta instancia para poner en primera plana el conjunto de la represión cotidiana en situaciones, incluso, idénticas a la de Walter. Pero que, con la lógica del sistema, aparecen absolutamente invisibilizadas. Solamente por poner un ejemplo, apenas días antes del veredicto, en Capilla del Monte murió en la comisaría Jorge Reyna, que tenía 17 años igual que Walter y que, si tomó visibilidad, fue porque el pueblo entero reaccionó y salió a la calle a repudiar y reaccionar. A diferencia de lo que ocurre cotidianamente con el pibe muerto en una comisaría o con tres tiros por la espalda cualquier día de nuestras vidas.

-Walter terminó pariendo la Correpi y dio muchos impulsos movilizadores y organizativos. Y apenas llegó a tener 17 años…
-Walter es emblemático pero, a la vez, es uno más de los 4000 pibes asesinados por el aparato represivo estatal desde diciembre de 1983 hasta hoy. Pero lo verdaderamente paradigmático en la historia es, justamente, ese saldo organizativo que dejó. Porque en aquellas movilizaciones iniciales un tanto espontáneas de sectores juveniles y estudiantiles que ni siquiera tenían conformados los centros de estudiantes, estuvo el espaldarazo final para que se terminara de constituir ese grupo incipiente de militantes antirrepresivos. En ese grupo es en el que confió el papá de Walter para llevar adelante la militancia por la causa, desoyendo los ofrecimientos de famosísimos abogados vinculados al poder que le fueron a golpear la puerta. La visibilidad que nos dio la causa Bulacio fue el impulso final para que encontráramos el camino organizativo y se conformara lo que hoy es Correpi. Pero
 tampoco es casual que el primer año en que se volvió a marchar por la noche de los lápices después del 83 fue 1991. Y toda la movida por Walter redundó también en un impulso a la formación de centros estudiantiles y de hecho, se rescató una bandera histórica del movimiento estudiantil secundario.

-Hay 4000 pibes menos pero algunos que fueron clave para determinados cambios: Walter, Carrasco, María Soledad, Mariano Ferreyra, Maxi y Darío generaron muchas otras historias a partir de las suyas…
-Yo distinguiría los casos de Mariano Ferreyra, de Darío y Maxi, de los muertos del puente de Corrientes, de Víctor Choque, de Teresa Rodríguez, de los muertos del 19 y 20 de diciembre o el maestro Fuentealba, es decir, los que murieron asesinados en el contexto de movilizaciones, tienen por eso una visibilidad más rápida y concentran una mayor militancia por el hecho de que eran militantes. Porque además es un ataque mucho más directo y responde a otras modalidades de represión selectiva que se descarga sobre sectores organizados.

-Pero ¿por qué Walter?
-Muchas veces me he preguntado por qué la historia de Walter generó lo que generó, cuál ha sido el motivo por el cual trascendió del modo en que trascendió públicamente la detención, tortura y muerte de Walter y en cambio solamente un puñadito de militantes más informados saben quién fue Sergio Durán, quiénes fueron Walter Robles o Leandro Pérez o cualquiera de los otros 4000 pibes. Una vez se lo pregunté a un periodista ya fallecido que conocía mucho el tema. Es muy simple, me dijo: política editorial. Cuando lo matan a Walter, los diarios se acababan de quedar con dos páginas vacías. La causa de María Soledad, que venía acaparando las noticias policiales, había entrado en una especie de túnel de silencio desde que el comisario Patti, al que Menem había mandado para esclarecer el hecho, volvió con las manos vacías y media docena de denuncias por tortura. Entonces había que llenar el diario. Ahí apareció como caído del cielo un estudiante secundario, también de 17 años, igual que María Soledad, que en lugar de haber sido asesinado por los hijos de ricos y famosos había sido asesinado en una comisaría, después de un recital de rock. Entonces aquellos primeros titulares decían “estudiante secundario golpeado después de un recital de rock”. En cambio, Sergio Durán, que también tenía 17 años, no era estudiante secundario sino que laburaba en una verdulería para mantener al chiquito de 2 años que ya tenía.

-¿Qué fuiste aprendiendo en este largo camino de gente como la abuela de Walter y tantos otros?
-Nosotros siempre decimos que los compañeros familiares son el corazón de Correpi. Y no solamente porque son los que nos bajan a tierra en cuanto a la humanidad de cada una
de las historias de los pibes. Yo me enojo a veces cuando se habla de casos. No son casos. Son pibes. Son caras. Son nombres. Son mamás que todavía tienen el cepillo de dientes en el baño o que le cambian las sábanas una vez por semana y mantienen el cuarto como si el pibe estuviera por volver pero que al mismo tiempo están poniendo el cuerpo constantemente en las marchas, en salir a volantear, en ir a dar charlas en colegios, en acompañar y tratar de aliviar la primera etapa de padecimiento a las familias nuevas. No sólo son el corazón por eso. Sino también porque son los que empujan, los que traen las definiciones. Las consignas más importantes de Correpi, aquello de “no es un policía, es toda la institución” o aquello de “no peleamos por la sentencia sino por la conciencia”, son consignas que salieron de plenarios con familiares. Y de ahí nuestro aprendizaje cotidiano.

-¿Esperabas alguna otra sentencia que los tres años que le dieron al comisario Espósito?
-Pensábamos que era posible incluso la absolución. El máximo de la pena eran 6 años. La causa llegó mal, incompleta, sólo contra uno de los responsables, no precisamente el principal y solamente por un delito menor, como la privación ilegal de la libertad.

-El fallo de la Corte Interamericana por la historia de Walter plantea, en un tramo, que no hay palabras, excepto en hebreo, que definan lo que siente un padre que pierde a su hijo. ¿Cómo lo observás en el contacto cotidiano con las historias múltiples de pibes muertos por la represión institucional?
-Hay una gigantesca diferencia en cómo viven ese padecimiento eterno, que no desaparece jamás, quienes deciden socializar ese dolor e integrarse a un colectivo militante que comparte premisas y principios que aquellos que no pueden salir de su historia individual. Les perdemos el rastro, no los vemos pero no logran superarse para seguir viviendo con un mínimo de cosas parecidas a la vida. Son cosas muy difíciles de explicar con palabras. Hay que verlo en las reuniones con los compañeros. Hay que escuchar la alegría y la relación que se genera entre todos y cómo muchas veces los no familiares nos angustiamos por algún resultado nefasto en algún fallo. Y son ellos los que te dicen vamos compa, la lucha sigue. Acá no importa la sentencia, sino lo que hacemos en la calle.

 

Opresores y oprimidos

-¿Cuáles son las causas más profundas de la violencia institucional?
-Prefiero hablar de represión más que de violencia. Porque violencia es algo que se descarga como una tormenta sin que nadie tenga una responsabilidad basada en la voluntad y la decisión. En cambio la represión es simplemente la herramienta que necesitan usar los gobiernos que administran una sociedad dividida en clases para garantizar el control social. Esa represión se va a expresar según el momento, según la etapa, según el lugar y según las necesidades concretas de la clase dominante en ese momento dado. No es lo mismo una sociedad en una etapa histórica en la que hay una gran confrontación de clases y es necesario recurrir a mecanismos mucho más extremos como el terrorismo de Estado, que una sociedad con mayor grado de desmovilización y ruptura de las redes sociales donde alcanza con esa represión de baja intensidad como fue en los primeros años después del 83. Recién en 1995 se produce el primer asesinato de un obrero en una movilización, con Víctor Choque, y no es porque antes, el Estado hubiese estado dispuesto a no reprimir como recitaba sino sencillamente porque no había tenido que reprimir por el grado de desmovilización de aquellos primeros años entre el 83 y el 90 y pico. Fue a mediados de los 90 que empezaron a recomponerse las organizaciones populares y muy particularmente las organizaciones de trabajadores. Entonces, la represión es simplemente eso: una herramienta necesaria que tienen que empuñar los gobiernos con las variaciones según las circunstancias pero que siempre va a estar mientras vivamos en un país con oprimidos y opresores, con explotadores y explotados.

-¿Cómo fue la curva represiva en estas tres décadas?
-Se ve claramente en nuestros archivos. Si decimos que tenemos 4000 casos desde diciembre de 1983 a la fecha y 2300 ocurrieron en el curso de los últimos diez años, no hace falta sacar muchas cuentas. En un tercio del tiempo, tenemos más de la mitad de los asesinados.

-De todos modos, estos registros son artesanales de parte de ustedes….
-Sí, a partir de los datos que van recabando las diferentes organizaciones antirrepresivas. Pero son absolutamente incompletos. Todos los años nos encontramos con casos muy viejos pero que no teníamos registrados. Pero nos atenemos sólo a los casos que podemos demostrar.

 

Walsh

-Hablás de los datos de los últimos 30 años. Si uno va más atrás en el tiempo, se encuentra con Rodolfo Walsh que hablaba de la secta del gatillo alegre, hermana mayor de esta otra definición de gatillo fácil…
-Walsh hablaba de lo mismo que decimos nosotros. Walsh era un militante de Correpi sin saberlo. Y esto valga como chiste, por supuesto. Pero la frase completa de Walsh es: “la secta del gatillo alegre es también la logia de los dedos en la lata”. Es un artículo que se llama “el enigma de La Matanza” que él escribe a partir de un caso de gatillo fácil en La Matanza. Y con esa excusa recorre todas las modalidades. Las muertes en las comisarías, en las cárceles, comenta que todo el mundo sabe cuál es el efecto que los grises muros carcelarios tienen en los débiles, melancólicos, chilenos y demás que terminan suicidándose a las dos o tres horas de haber sido encarcelados… Con mucha ironía Rodolfo Walsh repasa el gatillo fácil, la tortura sistemática, las muertes en cárceles y comisarías, los episodios de asesinatos vinculados a los delitos y a la criminalidad que protagonizan la policía y el resto de las fuerzas de seguridad. Y termina diciendo esto de que la secta del gatillo alegre es también la logia de los dedos en la lata pero que de eso se va a encargar en otra nota siempre que no tropiece antes con un disparo de prevención. Que fue exactamente lo que sucedió el 24 de marzo de 1977.

Edición: 2570

Recién editado

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