Por Claudia Rafael y Silvana Melo

(APe).- La división heredada de los días, los meses y los años, el tiempo partido en retazos arbitrarios, la convención social de despedir a uno y recibir a otro, de cesantear a uno y abrirle apenas, con desconfianza, al que llega.

Y la muerte que se mezcla con la vida y decide quién es la primera vida y a quién le tocó ser la última muerte.

Y el año cargado de muertos nuestros, de niños y hombres y mujeres de los barrios invisibles, de las comunidades, de los pueblos fumigados, de las casitas de chapa y madera, de muertos nuestros que no se ven, que se lleva el año en su furgón de atrás, tapados apenas por una mantita de desconsuelos.

Pero enseguida viene la vida y arremete. La vida desde los mismos lugares. De allí, de los fondos de la tierra. De los confines del país. De la tormenta en la madrugada tan lejos, de la mamá de 13, de la mamá de 14, del tabacal, desde los rincones más olvidados lloraron hacia arriba como para advertir al cielo que esa sangre vino a luchar. Bien niña, bien morena. Sin nada. Vino a rebelarse. Y que el mundo se prepare.

Las muertes

Si me dijeran pide un deseo/ preferiría un rabo de nube, /un torbellino en el suelo/ y una gran ira que sube.


El entero almanaque quedó señalado 365 veces con los fibrones de la sangre. El país fue inmolándose en sacrificio ante la muerte. Se hincó a sus pies y regaló infancia. Ofrendó semilla. Regó el suelo en cada ciudad, en cada pueblo, en fatua inmolación.

Mercedes Figueroa era tan pequeña que ni siquiera alcanzó a trepar a los cielos en una rayuela de arcoiris. Tan chiquita era que su barriada tenía nombre de juego: Villa Muñecas, se llamaba. Apenas seis años tenía y añoraba saltar y danzar con los brazos en alto como alas desplegadas en una risa sonora. A Mercedes la mataron. La destruyeron diminuta. La devoraron sin piedad. Y sin piedad también, la gobernadora de su Tucumán dijo que el Estado no podía responsabilizarse de una familia borracha como la de Mercedes.

2012 arrancó a la vida con la sangre de Jere, Patom, Mono. El primero de enero incendió muerte en Villa Moreno, Rosario. Donde el piberío dibujaba sueños de jazmín en un potrero desierto de madrugada. Jere, Patom y Mono se le atrevían, corajudos y pletóricos de esperanza,a la utopía. La mala bala los tendió y los transformó en bandera a ellos, que tenían en Maxi y Darío sus propias bandera y que tampoco debieron serlo.

Cada tramo de tierra se inciende de ira y sofoca de crueldad. La rosa de los vientos, ensangrentada y débil, recorre en soledad una patria vulnerada entre ocasos y amaneceres.

Emanuel Mairani tenía 17 años. Malvivía como lo dejaban en el barrio Coronel Dorrego de Olavarría. Le habían marcado la historia desde la cuna. Su mamá había sido asesinada por su padrastro que también mató a su hermanito diez años antes. Emanuel prepeaba a la historia con su piel oscura y el grito a flor de labio. Y se le interpuso un cuchillazo feroz de otro pibe como él para que no pudiera seguir respirando.

Mendoza se arrodilló ante la muerte en el exacto momento en que un policía que acababa de ser condecorado por “buen desempeño” vaciaba el cargador de su arma sobre Franco Gaspar Díaz. A los 19 festejaba el regreso a su tierra después de 13 años en Chile. Su retorno fue demasiado fugaz.

Los torbellinos de la rabia destellan perversidades. Acomodan mojones en la construcción de la historia de tiempo presente. Mojones que se vuelven invisibles a las mayorías, en el ajetreo voraz de las mañanas y tardes corriendo detrás del mendrugo. Y se olvidan fácil. Quién recuerda hoy que en ese 2012 sepultado esta semana hubo un hombre campesino llamado Miguel Galván. Ya lo habían amenazado. Ya habían intentado desalojarlo. Ya habían querido ponerle coto a su lucha hermanada en otros hombres y mujeres del campesinado santiagueño. Y en la puerta misma de su casita lo rociaron de muerte con su sangre.

El sacrificio fue largo y cruento. Niños como Brian, en Neuquén; como Sofía en General Pico; como Lila Coyipé, en Formosa fueron la agonía y el martirio. Son ellos el símbolo perfecto del sacrificio. Brian Hernández tenía 14, como Sofía Milagros Viale. Lila Coyipé apenitas 10 meses, que no la alcanzaron a poner de pie para tararear un canto Qom como sus padres y como esa abuela que también mató el gendarme que las atropelló.

Las vidas

Un barredor de tristezas / un aguacero en venganza / que cuando escampe parezca / nuestra esperanza.


Apareció a las 0,27 en Mendoza. No tiene nombre todavía y está en la terapia intensiva de Neonatología. Es que es tan chiquita, tan chiquita casi como su madre. Que está internada a metros, ahí no más. Y vino desde Tunuyán. Tiene 14 años y una carga de angustia que le aprieta el pecho. Cuando la pueda tener tan cerca como para suspirarle le pondrá nombre. Y tal vez puedan crecer juntas. Para cambiar algunas cosas que están muy mal en esta vida.

El cielo estaba lleno de luces y todos se deseaban felicidad. Aunque la mesa fuera flaca y el vino anduviera corriendo hacía ya rato para ver si detenía unas cuantas pesadumbres. A los tres minutos de las doce asomó. Le pusieron Cristian Emanuel, como para apurar una batita de santidad que lo cuidara. Al hospital de Añatuya ella llegó cerca de las diez de la noche con trabajo de parto. Tiene 13 años. Cristian es diminuto y frágil. Apuró la vida a las 34 semanas y pesó 1,900. Los dos están dispuestos a resistir. Ella no entiende mucho de esta vida que apareció de pronto. Hasta ayer no más paseaba su muñeca rosada en brazos. Tal vez puedan crecer juntos. Para repararle unos cuantos sueños rotos a esta tierra.

Irma Landivsnay se vino desde Cerrillos hasta el Hospital de Salta. Tiene 18 años y trabajó en los tabacales hasta entrado el embarazo. Cerca de la una de la mañana del año nuevo irrumpió Reina Joseline. Llegó con trono y corona de cartón y ramas a dejar en claro que habrá quien se plante ante el poder de los que siempre mandan. Y en una de ésas, quién sabe, por ahí se huele una pequeña victoria.

En La Banda Elizabeth Abigail Ludmila se tomó su tiempo. Apareció a las 8,15 de la mañana, envuelta en la pereza y los trapos que trajeron las vecinas para atajar su irrupción. Su madre, Diosa Villalba, comenzó a sentirla a eso de las cuatro de la mañana, en medio de la tormenta y el viento, en una casita debilucha en las afueras bandeñas. Pero el pueblo estaba lejos, no había ambulancia, la panza estaba llena de dolor y angustia, y urgía aguantar. A las ocho ella dijo basta y emergió. Hija de Diosa, será una heroína de estos tiempos. Habrá venido para poner patas arriba unas cuantas cosas. Para sacudir la siesta de Santiago del Estero y empezar a poner la tierra donde debe estar. La vida donde debe estar.

 

Edición: 2361

Recién editado

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