Por Claudia Rafael


   (APe).- Tres, ocho, infinitos disparos de metralla. Un impacto, dos, quién sabe. La muerte irrumpe en la villa. Rompe la vida en pedazos. Una vez más. De tantas. Enzo Ledesma tenía trece y vivía en villa La Carcova. Lo cayeron de puro plomo que asalta la piel y se mete en las entrañas.

Sólo ruidos resecos y fríos. Sin la música de fondo de los ángeles. Con la ceguera de la muerte que se empeña en estallar siempre y sistémicamente en el mismo lugar. En la infancia que asoma como retoño de humanidad pero que los inviernos de la crueldad destruyen en apenas un grito, un chasquido desprovisto de magia, un estruendo de droga que puja territorios. Como fue con Ivonne Alejandra Eloy, que sigue hundida en los silencios y las impunidades. Que se murió chiquita, con sus diez años en la mochila, por una 9 milímetros que la atravesó en agosto en Malvinas y Castro, en el barrio Independencia de José León Suárez y que le dejó los respiros y latidos pendientes de una hilacha hasta mediados de septiembre.

La guerra es una sola. La misma. La de siempre. Es la guerra de los transas por la conquista de esa tierra que es de nadie. De esos pibes exonerados de la vida. El anillo de uniformes que encierra a la villa vigila y mide con quién negocia. A quién protegen los que deben proteger. No a la infancia. No a los débiles.
En sus cómodas rutinas viven encaramados en riquezas protegidas los padrinos de siempre. Que arman sistemas de protección en los que se acurrucan los olvidados.
Ayer, sobre los muros desteñidos de la Comisaría Cuarta de José León Suárez los graffitis desnudaban rabia. Y dejaban asentada la denuncia judicial en forma de pintada y aerosol: “Enzo presente”, “Camel tira tiro”, “Bebote tranza”, “arruina guachos”, “la gorra arregla”. La furia le estalló en la cara al poder una vez más. Como fue tantas veces en la misma comisaría del partido de San Martín.


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La esquina aguanta. Escupe. La esquina estalla. Grita. Se cubre con la pintada, por detrás. De un lado el rojo intenso del Gauchito Gil. Del otro, el santo prohibido: San La Muerte. Ese que allá por los inicios de la conquista dejaron morir en el encierro por defender a desarrapados y hambrientos. La esquina es todo, ahí en la villa. Y resuena, victoriosa, la cumbia. Cuando sabe de un afano corre a la comisaría, todos saben que es ortiba, buche de la Federal. Buchón, buchón, buchón, por unas monedas nos delatás. Ahí nomás de cualquier esquina los pibes toleran la vida. Que pesa y se fastidia de solo pasar. Gendarmes, prefectos, policías, transas y más transas. La droga que dispara. La esquina que es territorio. Porque hay que echarle mano cuando no hay patio, no hay ventana, no hay casa grande ni jardines. Enzo –cuentan- estaba en una esquina como ésa.
La crónica diminuta, específica, concreta cuenta que hubo un tiroteo. Típica puja de transas. La crónica puntual describe apodos de soldaditos. Esos típicos milicianos de la droga que nacen al universo de la compra-venta porque hay que sostener consumos que suelen ser lujosos para los despojados. Y ya después se hunden en la guerra más cotidiana. Te mato. Me matás. Te disparo. Me protejo pero quién sabe… La batalla diaria suele tener efectos colaterales que a nadie importan en las megaestructuras de un sistema que hace ya rato abrió las puertas al narcotráfico feroz. Una batalla diaria que se devoró a Kevin Molina, de apenas nueve, en Villa Zabaleta; a Micaela Ruiz, de sólo 13, en Villa Fiorito; a Enzo o a Ivone, en José León Suárez. Que se llevó puesta a Candela Sol Rodríguez, en Hurlingham. Que se devora a cientos y a miles de pibes que son sólo eso: el costo que hay que pagar para saldar una brutal guerra.

“Ellos saben quiénes son pero la policía no hace nada. Los que venden drogas son 15 locos, pero ponen dinero. Yo quiero al que mató a mi hijo, a los otros no porque sé que arreglan con plata. Los vecinos ya nos cansamos de tener miedo. O nos unimos o nos matamos todos”, dijo el papá de Enzo desde la puerta de la comisaría cuarta, veterana de la furia de los vecinos. Con los autos, patrulleros, motos incendiados, transformados en carcazas derruidas, como en un típico paisaje de posguerra.
José León Suárez no nació ayer a la historia de la muerte violenta. Tiene nombres tatuados en la piel de una barriada que fue testigo entre el 9 y el 12 de junio de 1956 de las ejecuciones en los basurales de Nicolás Carranza, Carlos Alberto Lizaso, Francisco Garibotti, Vicente Damián Rodríguez y Mario Brión en la sublevación contra los dictadores. Vio también hundirse en su montaña de desechos a Diego Duarte, aquel pibe de 15 años y ojos color café, bajo las camionadas de basura que le arrojaban con complicidad policial en marzo de nueve años atrás. José León Suárez sabe demasiado de los invisibilizados de tierra. Allí quedaron definitivamente entrampadas las vidas de Franco Almirón, con sus 16 años y Mauricio Ramos, “el Pela”, con sus 17 acribillados por las balas policiales mientras intentaban asir algo de todo aquello que derramó un tren descarrilado.
El entramado oscuro y perverso de la marginación suele ser para muchas de las infancias el lugar en el que se construye su naufragio. Con una suerte de profilaxis diseñada por otros. Que miran desde lejos. Y se acunan en sus miserias. Porque de allí proviene el reino de sus cielos.

Fotos: gentileza Clarín


Edición: 2563

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