Por Carlos Del Frade

   (APe).- Federico Manattini tenía 28 años y esperaba el colectivo en la esquina del casino City Center, uno de los tantos de Cristóbal López, la puerta de acceso a la ciudad de Rosario de la autopista que viene de Capital Federal. Había salido de probar suerte. En 2010 quedó en la calle. Era obrero de la construcción pero cuando se enteraron que tenía diabetes lo echaron como un perro. Desde entonces, desocupado. Volvió a la casita de los viejos en barrio Alvear y desde allí buscaba y buscaba el sostén material para empatarle al fin de mes. A pesar del visible boom de la construcción, Federico no encontraba continuidad como albañil o algo parecido.

Pasadas las dos de la madrugada del martes 24 de diciembre, mientras aguardaba el bondi, vio cómo desde una moto le disparaban a quemarropa a una pareja de muchachos que venían en otra.
No pudo esquivar el choque. No pudo gambetear el golpe. Murió y lo enterraron vestido con la camiseta de su amado Rosario Central.
Lisandro Mena tenía 21 años y la madrugada del 26 de mayo pasado fue testigo del fusilamiento de su amigo, Claudio “El Pájaro” Cantero, el célebre jefe de la banda de Los Monos, el hasta entonces principal grupo narco de la ex ciudad obrera. Fue en una confitería bailable de Villa Gobernador Gálvez, “Noche Infinita”.
Anduvo prófugo hasta que lo detuvieron en julio. Estuvo preso en el penal de Piñero y hacía poco recuperó la libertad.
Esperaba que el semáforo le diera paso por una de las esquinas del casino donde muchos remiseros trabajaban para su amigo acribillado. Hasta que apareció una moto color gris conducida por una mujer. Detrás de ella un pibe apuntó con una pistola 9 milímetros y lo mató de cuatro tiros. Lisandro, antes del final, aceleró su propia moto y se llevó puesta la existencia del desocupado obrero de la construcción Federico Mannatini.
A pocos metros, en esa emblemática boca de acceso a Rosario, una enorme bandera a cuadros flameaba saludando la inminente partida del rally Dakar. En la cuna de la enseña inventada por el poseso general desesperado que soñaba con hacer realidad tres palabras: revolución, independencia e igualdad, la insignia más grande augura la fiesta del consumismo que promete el multinacional negocio de los automotrices.

Las vidas de Lisandro y Fede se cruzaron en sus muertes, en la misma esquina. Pero quizás no haya sigo el secreto y misterioso designio de las parcas, sino la consecuencia de varias matrices que también se expresan en ese último momento de los dos muchachos.
Tal como ocurre con el 80 por ciento de los homicidios, Lisandro y Fede tenían menos de treinta años; los dos eran desocupados y sus vidas terminaron inmoladas a metros de tres emblemas del sistema que convierte a los pibes en consumidores consumidos, el casino, la obscena bandera a cuadros que celebra el negocio de las automotrices y las balas hijas del narcotráfico desbocado.
En las páginas policiales surgieron las crónicas de ambos muchachos pero es necesario pensar que en el altar donde se vierte tanta sangre joven está cada vez más firme y poderoso el perverso dios dinero, la misma deidad que emplea como principales profetas a gran parte de la dirigencia política, social, empresarial y cultural de la Argentina contemporánea.
El City Center sigue brillando con sus luces y palmeras importadas del primer mundo; la bandera a cuadros, mucho más grande que cualquiera que recuerda el sueño de Belgrano, continúa flameando y augura un excelente pasar a los más de 700 equipos que llegan a la ciudad para iniciar el rally; y el narcotráfico fluye sin mayores problemas.
Lisandro y Fede, sin embargo, ya no están.
Hacía rato que le gritaron no va más.

Fotos: gentileza Perfil

 

Edición: 2600

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