Por Alfredo Grande


(APe).- De la lectura de la apasionante novela de Andrés Rivera “La revolución es un sueño eterno” saqué algunas conclusiones. La más importante, al menos para mí, es que sin el fusilamiento de Liniers no hubiéramos tenido bicentenario. Por lo tanto el anatema que pesa sobre la lucha armada no deja de ser una estrategia contrarrevolucionaria para sostener el dogma burgués del monopolio de la fuerza por parte del Estado. O sea: el tema no es el uso de las armas, sino hacia quién están dirigidas.

El delito de Genocidio como se afirma en la sentencia del Tribunal presidido por Carlos Rozansky y que condenó entre otros, a Jaime Smart, Etchecolatz y Jorge Bergés, es la muestra más siniestra de ese monopolio. Lo curioso es cuando las víctimas, directas o indirectas, sostienen la impunidad del victimario. Hace muchos años, década de los 90, participaba como columnista en un programa de radio. Lo conducía Alicia Caniza e iba en FM Palermo. Durante la transmisión, llegó la noticia que lo habían baleado a Bergés. Espontáneamente, como saqueo de temporada, dije al aire: “¡qué buena noticia! ¿lo mataron?”.

Recuerdo aún el rostro de estupor de la periodista. Invocando mi condición de médico, me preguntó cómo era posible que pudiera alegrarme de una muerte. El tiempo aleja los recuerdos, especialmente los textuales. Es decir, los textos, las palabras. Pero soplando el viento y las tinieblas, me atrevo a recordar que le dije que justamente por eso, porque yo era médico, podía decir que un médico torturador no era recuperable. En la Facultad de Medicina, a pesar de materias increíbles como química orgánica, microbiología, infecciosas y otras, no se enseña a torturar. Quizá haya a veces maltrato a los pacientes, aunque actualmente los pacientes han decidido tener iniciativas en ese aspecto (me refiero al maltrato a profesionales) Pero no se enseña ni en grado ni es posgrado asesorar para sostener la tortura sistemática de un preso. Para las fuerzas armadas cabe la esperanza iluminista que otra forma de educar podrá alguna vez, en algún tiempo, conseguir fuerzas armadas para sostener la democracia y no para llevársela puesta. Uno nunca sabe. Pero para un médico torturador ni esa esperanza cabe. No hay reforma de planes de estudio. No hay doctrina de seguridad nacional en la Facultad, más allá de algunos desvaríos organicistas y biologicistas. Nada importante. Al menos si lo comparamos con ser cómplice del delito de genocidio. Bergés es un asesino por naturaleza y su identidad médica es secundaria. Es un torturador médico, no un médico torturador. ¿Sutileza del lenguaje?

Desde ya, pero no por eso menos importante. Por una coma, alguien vive y alguien muere. A las palabras se las puede llevar el viento, pero nunca serán inocentes en su vuelo. Y no pocas palabras han terminado en los vuelos de la muerte. ¿Había que fusilarlo a Liniers? De esa respuesta se abre un abanico que es necesario afrontar y enfrentar. La batalla cultural es justamente esa. Decidir si la cultura de la vida debe entregarse, por acción, omisión, sumisión, bendición, elección, o directamente por traición, a la cultura de la muerte. Y por el neurótico temor de no ser igual a lo que pretende combatir.

El anatema de no comerse al caníbal termina siendo un mandato de rendición. Es cierto que solo un caníbal se comería a un caníbal, pero sólo un suicida permitirá que el caníbal se lo coma. Y bien: los pueblos a veces, y creo que no pocas, se suicidan. Votan, alaban, idealizan, glorifican, bendicen y entronizan a sus verdugos. Y no me refiero solamente a transitorios gobiernos que alquilan el poder, aunque siempre esos gobiernos tienen la certeza (alucinatorio político) de que lo han comprado. Los gobiernos son una especie de “tiempo compartido”, pero nunca una propiedad definitiva, a histórica y supratemporal. Siempre que llovió paró y siempre que hubo hegemonía, terminó. Por eso, y esto es para mí una esperanza necesaria, el timón de la historia gira sin rumbo o con rumbo esquivo, hasta que las víctimas decidan agarrarlo. Perdón Holloway, hay que cambiar el mundo y tomar el poder. Pero, no podía no haber un pero, no todos somos víctimas.

El “todos” es una de las estrategias encubridoras de la cultura represora. Fútbol para todos, pero para todos los que les guste el fútbol. A los que no les gusta, no tienen forma de no financiarlo para que otros se den el gusto. El “para todos” es igualitario pero profundamente inequitativo. Pero ese fútbol de Troya tiene no en su adentro, sino en los pies de pantalla, la verdadera razón de su existir. Propaganda Oficial para todos. Y todas. Ahí me gusta menos pero se descubre más. Y el “todos”, donde se use y para lo que se use, es promotor de lo que llamo el “alucinatorio social”. Porque aunque fuera para todos, nunca lo es de la misma manera. Por eso escribí que “la ley es igual para todos, pero no todos somos iguales ante la ley”. Y no somos iguales ante nada. Y además, no solo somos diferentes, sino que algunos, no pocos, son incompatibles. Y las batallas culturales no se ganas con idealistas y confusos. No se trata de la bondad o la maldad. No se trata de abstracciones. Se trata de vínculos para la vida o vínculos para la muerte. Y la consigna abstracta del “todos” garantiza un cambalache donde puede haber distintos lodos, pero en los cuales quedamos siempre todos manoseados. Por eso me preocupa la insistencia en el Relato. Homero cantó la Ilìada y la Odisea. Relatos poderosos sin duda. ¿Quién es hoy el Homero del kirchnerismo? Quizá Laclau, quizá no. Pero las batallas culturales no se ganas con relatos, sino con guerreros. De la pluma, quizá de la risa, también de la palabra.

Una fábrica recuperada necesita guerreros para enfrentar al mandato capitalista de la propiedad privada y la explotación del trabajador. Un bachillerato popular necesita guerreros para enfrentar el mandato de la educación castradora. Una radio comunitaria necesita guerreros para enfrentar el mandato de las historias oficiales y sus pautas publicitarias. No hay batalla cultural sin guerreros de la vida. ¿O solamente es válido este planteo para el Señor de los Anillos o la Guerra de las Galaxias? La derecha fascista tiene absoluta claridad y por eso entrena a sus guerreros como asesinos seriales. No podemos enfrentar a dogos con caniches. Y sin embargo, no pocas veces el Estado Democrático pretende ser el árbitro neutral de esos combates. Para el 2013 sostengo una profecía, que espero no sea mi delirio político. No hay un Todo para todos. Y el pueblo unido puede ser vencido si no sabe decidir bien con quién tiene que unirse. La mística del Todos Unidos es suicida. Ya lo fue en los 70. La novela del “gordo” Soriano lo enseñó para quien sepa aprender. En unión, pero nunca todos, solamente algunos, y que a esos algunos la injusticia no les sea indiferente. El mandato de Unidad es encubridor. ¿De qué? Del culto al héroe individual. O heroína. La re re se inscribe en ese mandato. Nuestro Obediencia De Vido dice: sin Cristina no hay modelo. Entonces, palabras más, chicanas menos, el Modelo es Cristina. ¿Cuánto tendrá que aguantar la Morocha? ¿Y a cuántos habrá que echar, como a Righi, para seguir aguantando? Por eso el Todos Unidos es suicida. Y en primer plano, un Todos Unidos contra este Modelo K. Muchos de los enemigos de este gobierno son mis enemigos desde hace más de cinco décadas. Eso no me convierte en amigo del Gobierno. Apenas, en un tenaz adversario. Tampoco en su enemigo, aunque esta categoría hoy está también cambalacheada.

Para mí es suficiente con esta advertencia. Todos Unidos Perderemos. Hay que buscar la unión de los colectivos. No la Unidad de las dirigencias. Y pueden ser palabras, pero también son estrategias. Y como homenaje a tanta lucha, a tanta resistencia, a tanta militancia derramada, me permito parafrasear versos inmortales: los militantes unidos, todos unidos perderemos, pero siempre gritaremos, un grito de corazón: revolución, revolución…!!

 

"La revolución podrá ser un sueño eterno pero lo revolucionario es una praxis cotidiana” 

“Denomino colectivo a un grupo con una estrategia de poder. Lamentablemente, hay demasiados grupos y pocos colectivos” 
(aforismos implicados)

 

 

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