Por Silvana Melo

(APe).- Esta mañana fue desconectado Braian, decían los diarios de Neuquén el 20 de diciembre. Fue en el hospital, un día y pico después de que un policía le atravesara la cabeza de un balazo. El 4 de enero iba a cumplir 15 años pero el brazo ejecutor del Estado lo desconectó de la vida. Tan fácil es desenchufar a un pibe del barrio de las cosas del mundo.

Un unplugged social, la cabeza de Braian volada por un policía que dijo haber visto un arma, un fogonazo, poco menos que una banda criminal en cuatro chicos que sacaron subrepticiamente la Renault fuego del garaje del padre y se asustaron cuando la policía los quiso parar. Y el hombre de uniforme disparando sobre la luneta, perfectamente consciente de que la luneta da a la nuca de las personas. Perfectamente consciente de que mataba. Después, la historia modificada, el intento de que el disparo nunca existió, un arma vieja e inservible seguramente plantada, la luneta rota para que no se viera el agujero, la presión a los pibes para que hablaran de una muerte anterior, la novela del pegamento, el patrullero pasando despacito por la puerta de la casa para intimidar y la impunidad atroz. A Braian lo desconectaron de sus poquitos años, de su futuro rotundo, del sueño de tirarse la vida encima hasta que chorree. No del respirador en el hospital. Lo desconectó la arbitrariedad del poder, la policía del sur –tan brava como la del norte, tan brava la neuquina y la rionegrina como la salteña y la bonaerense-, el brazo represor de un estado que no soporta a esa seminiñez que asoma a la insurgencia a la que hay que aplastar y domesticar y desenchufar para que no contagie.

Braian tenía 14 apenas. Y es incomprensible que su vida haya quedado pendiente de un hilito delgadísimo, lleno de caños y cables, en un hospital de Neuquén. Muerto pero con una hebra apenas atándolo al mundo. Cuando lo desconectaron fue quitar los cables y los caños. Pero ya le habían desenchufado la vida de un manotazo brutal. De un disparo en la cabeza de toda la infancia de esta tierra.

“Esto es doblemente grave, porque se trata de un niño que acababa de terminar la primaria”, dijo Gladys Rodríguez, referente de Zainuco, una organización ligada a la defensa de los derechos humanos. En el auto, con Braian, iban chicos de trece y catorce años. Con la adrenalina de haber sacado la vieja Fuego a la calle. “Hay una decisión política de arrasar con los pobres: acá hay un responsable importantísimo que son los fiscales, que son los jueces que no condenan a la policía”. Nada parece destinado a cambiar: el fiscal que aparece como encargado de instruir y acusar al dedo gatillador del Estado es el hijo de un carapintada dos veces sublevado contra una democracia que también condenó a Braian. Maximiliano Breide Obeid. Hijo de Gustavo Breide Obeid, el “héroe de Malvinas” que conmovió a Raúl Alfonsín en la semana santa del 87. La historia es la misma historia al cabo de los años. El estado es el mismo y el poder también.

Fue un tal subinspector Claudio Salas el que disparó y está detenido. Pero es la policía la que lo mató a Braian y a centenares, miles de Braianes torturados, perseguidos, incendiados en celdas y alcaidías, asesinados en todo el país.

La historia del Braian neuquino desenchufado del mundo el 20 de diciembre quedó opacada bajo los saqueos en Bariloche, las cenizas del Copahue, la Navidad y la amenaza del fin de mundo. Pero el apocalipsis fue sólo para él. Un pibe de 14, de barrio pobre y escasamente visible en la nubosidad variable de estos tiempos.

Un pibe de 14 al que el Estado lo desconectó de la vida brutalmente.

Un retoño insurgente arrasado por escarcha, fuego y una bala certera de atrás.

 

Edición: 2355

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