Por Silvana Melo 

(APe).- Los ojos de Alvar Núñez Cabeza de Vaca divisaron primero el arco iris. El sol desplegaba su juego de seducción y se mezclaba con el chaparrón furioso desatado de a saltos desde 80 metros de altura. No pudo cerrar los ojos durante horas después de que las vio. Alvar Núñez no supo nunca de la falla geológica que cien mil años antes había desencadenado las cataratas. Quinientos años después el gobernador Maurice Closs, en la bella tierra roja donde los niños se enferman y mueren por alimento escaso, celebró la maravilla.


Dicen los guaraníes, aunque nadie los escucha, que un dios celoso de la bella Naipú, de la que estaba fatalmente enamorado, echó el agua abajo por puro desamor. Naipú prefirió a un mortal y se escapó con su amante en una canoa. El dios, llorando lágrimas sagradas, desencadenó el agua en furia para detenerlos.

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Cuarenta y cinco grados de calor apenas en noviembre. Los pueblos confinados del otro país se secan la frente con las manos encascaradas y buscan el agua con labios de sal en los charquitos y en la canilla donde apenas brota una gota bendita. Tan de vez en cuando brota como la buena suerte. En Salta y en Catamarca el agua es una quimera cuando hierve el mediodía.
Al este de Tartagal, en los meses más ardientes de 2011 murió una docena de niños por desnutrición. Deshidratados, con las costillas al aire, bebiendo agua marrón, comiendo panes negruzcos, en franca condena desde su llegada. Pagando quién sabe qué culpas originales de la historia, niños wichis, padres sin tierra, cesanteados de patria, olvidados, desapropiados. En estos días a los pibes se les rajan los pies con la tierra filosa y se pintan la cara de barrito sutil con sudor y polvo. El chorrito que asoma en el caño comunitario de la misión Sachapera I apenas les moja los dedos. Y el comedor dejó de funcionar porque se acabó el dinero.
Los niños siguen naciendo, como un desafío al exterminio. Las mujeres se saben diosas en un momento mínimo de su crónica. En ese instante exacto de parir, cuando extienden la ardua vida de sus pueblos. Cuando no se dejan extinguir, fueguitos obstinados que no se apagan ni con los ventarrones de la historia.
Muchos están desnutridos. Ellas están desnutridas y la teta frágil no les transmite más que una sed de milenios. Saben que unos cuantos quedarán en el camino. Pero apuestan a su semilla para que algo cambie, de una maldita vez.
El agua se consume con el calor y el olvido. Los pozos se agotan y el cisterna pasa una vez por semana levantando polvo. “Es inhumano”, dicen en Santa Victoria Este. Es que no alcanza. Nunca alcanza.
En Orán la mitad de la población tiene parásitos. Sin condiciones sanitarias dignas, el bicho crece en el cuerpo sin control. Se llama strongyloides stercoralis y se describe como “un gusano diminuto, muy invasor que atraviesa la piel de quienes están en frecuente contacto con la tierra, ingresa en el torrente sanguíneo, llega a los pulmones y las vías respiratorias, y se reproduce en las paredes del intestino. En los chicos, estos parásitos, que casi no producen síntomas, causan desnutrición, anemia y retraso neurocognitivo”. Es que en Orán, la mitad de la gente vive hacinada, en viviendas precarias sin agua corriente, sin baños y con escasos ingresos.
Capayán, Andalgalá, Tinogasta, Ancasti, no tienen agua desde que empezó el calor. En Catamarca, donde el gobernador saliente y la gobernadora electa discuten sobre el día de la asunción.
Al caudal de uno de los acueductos lo restringe su paso por la fábrica Arcor. El otro llega apenas a la gente, reducido por falta de mantenimiento. A pie, en camionetas, en mulas, fatiga la gente hasta la Dirección de Agua Potable (DIPAS) donde hay un caño por el que brota el agua. A los que no llegan les venden por 20 pesos tachos de 20 litros de agua. Un peso por litro.
El agua no es para todos. No es para los niños del país de los márgenes que toman mamaderas con el agua gris de los arroyos secos. Como no es para todos la comida que brota de los plantíos y corre por los bosques. El agua ya es un commodity, como la soja o el trigo.
Douglas Tomkins compró 205 mil hectáreas en los Esteros del Iberá, uno de los reservorios de agua dulce más codiciados del mundo. Cuando se calcula que en 2025 la demanda de agua por parte de la humanidad será un 56% mayor a la que podrán acceder. Douglas Tomkins es rico y será mucho más rico cuando tenga el agua en sus manos y las bocas sedientas a sus pies legitimándole el poder.
En Andalgalá, ahí no más de donde se paga por una lata con veinte litros, la explotación aurífera Bajo la Alumbrera “necesita del agua para limpiar las 330.000 toneladas de roca que extrae por día y también para la cianuración (proceso por el cual la mezcla de cianuro y agua ayuda a despegar el metal adherido a las rocas)” dice el geólogo Isidoro B. Schalamuk, director de Recursos Minerales de la Plata. Sólo en Bajo la Alumbrera se consumen cien millones de litros de agua por día. En Agua Rica, otro tanto. Ahí no más, a poquitos kilómetros las canillas gotean perlas barrosas. Y el calor descose la voluntad, recién llegado noviembre.

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El dios golpeado por el desamor descuelga cada día su furia en lágrimas en el Agua Grande, que los guaraníes llamaron I-guazú. Es la maravilla en las tierras condenadas. Es la naturaleza en bello descontrol entre los pueblos olvidados. Quiera el dios salpicar su lágrima dulce en las vidas resecas. Quiera el dios mojar apenas de maravilla a los niños sin camino. Para que el agua brote de la tierra. Como el pan.


Edición: 1220

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