Por Silvana Melo 

(APe).- “Muchas veces los dirigentes se desesperan leyendo los diarios o mirando los canales de televisión, yo les recomendaría mirar los ojos de los argentinos”. Mirar los rincones olvidados. El arrabal del mundo que está a la vuelta de la esquina, en la vereda de enfrente de Puerto Madero. En la contracara del Sheraton. Mirada hacia el norte, en las techumbres de paja. En las comunidades originarias, arrinconadas y devastadas por la desnutrición y la tuberculosis.

En el desasosiego de los que se amontonan en la cintura de las ciudades para acceder a las migajas del desarrollo. En el desgano enquistado en los ojos de centenas de miles de adolescentes que no levantan banderas en la plaza. En las veinte palabras con las que se comunican. En la educación por la que pasan sin que los atraviese. En la droga y la ligereza de gatillo como herramientas de exterminio.
Cristina Fernández, en la embriaguez de una victoria arrasadora, histórica, recomendó “mirar los ojos de los argentinos”. Una exhortación de tránsito circular que debería devolver a sus propios ojos la capacidad extensa de mirada. Porque es, hoy, necesarísimo que la Presidenta mire con ojos panópticos. Desde el Frutillar barilochense al Pichanal salteño. Desde Fiorito al Impenetrable.
Nunca se votó tanto a nadie en treinta años. El 54 por ciento le firmó papeles en blanco. Once millones y medio encerraron en un sobre su nombre y su rostro.
Una oleada inmensa de poder le fue concedido. Y con él, la pretensión de una mirada que se interpele a sí misma.
Cristina Fernández, en soledad, deberá enfrentarse a su propio espejo. Y recomendarse mirar a los ojos a la vulnerabilidad extrema, que está, como siempre, empujada a los confines. A los alrededores. A las circunvalaciones del mundo que brilla y se viste de lentejuelas para la celebración.
Hay dos mundos –o tres- en la Argentina. El mundo central, umbilical, para el que se gobierna y se construye discurso. Y otro, al menos, residual. Barrido afuera con puerta cerrada detrás. Donde las barriadas van y vienen como hormigas, nacen a miles, consumen el guiso del día, se chocan, se sobreviven, se envenenan, se matan, se mueren. Ni en los bolsones ni en las tarjetas magnéticas asoma la felicidad.
El norte argentino abraza al 21 % de la gente del país. Siete millones y medio en nueve provincias. Participa apenas del 10% del Producto Bruto Interno. Un 42% es pobre. Un 14% es indigente.
El ombligo del país concentra a 27 millones. Participan del 83% del Producto Bruto Interno. El 25 por ciento es pobre.
En los pies fríos del país viven 1.700.000. Menos del 16 por ciento es pobre.
¿Decidirá Cristina Fernández extender los ojos hasta la desigualdad brutal? ¿Arrastrará en el paneo la osadía de la transformación? ¿Tendrá el coraje de transferir hasta pisar la callecita dorada de la justicia?
El poder le fue concedido. Como un oleaje irrefrenable. Millones de postergados del norte profundo le pusieron la vida en las manos. Le pusieron sus muertos de chagas, de anemia, de hambre, de aguas malas, de agrotóxicos, de balas ligeras, de policías bravas, de veneno que se aspira, de basura que se fuma. Le pusieron en sus manos su futuro cortito, su mesa vacía, su casita que se inunda, su tierra tomada. Con la flaca pretensión de un amanecer sin tanta pena.
El norte pobre y olvidado le firmó el cheque en blanco de su dependencia histórica. Después de todo, los originarios a los que no llega la vida se morían en 2005 de desnutrición en el Chaco por hábitos culturales (SIC gobernador radical Roy Nikisch), y se mueren hoy de desnutrición en Salta por hábitos culturales (SIC gobernador peronista Juan Manuel Urtubey). Después de todo, 15.000 chaqueños estaban desnutridos en 2009 (gobernador Jorge Capitanich). Después de todo, los niños se murieron de a decenas en 2010 por hambre en Misiones (gobernador Maurice Clos). Y se seguirán muriendo en Chaco, en Salta, en Misiones, en Formosa. Sólo que sus actas de defunción dirán anemia, diarrea. O, para simplificar, paro cardiorrespiratorio no traumático. Desnutrición, jamás.
El 65 % votó a Cristina Fernández en el Chaco de los tobas desnutridos. El 78 % en Formosa de los qom. El 64 % en Jujuy de la resistencia a la asfixia del ingenio. El 67 % en Misiones de los niños muertos. El 64 % en Salta de los wichis en agonía. El 82% en la más pobre de las tierras argentinas, Santiago del Estero. El 65 % en Tucumán. El 68 % en Corrientes.
Tiene el poder, todo, para meter mano en la injusticia. Para quitarle las entrañas y poner a secar los trapos de la resignación al cruce de todos los vientos. Acaso la mirada panóptica que recomienda la Presidenta descorra la miopía y desencorsete el coraje. Para atreverse a derogar las leyes mineras de los años 90 y que el suelo sea de todos. Para que el chatarrero de la Carcova no pague el mismo 21% que el gerente de la petrolera por el mismo pan. Para que tributen los dueños de estos mundos, subsidiarios del suelito que les quitan a los wichis, de los panes que les quitan a los pibes, del techo que se vuela en la tormenta, de las tierras saqueadas, de las chapas que se apilan en la villa, de la amargura sin tiempo de millones.
Con todo el poder de once millones y medio que le firmaron su ilusión en blanco. Que le pusieron la vida y el después en las manos. Y que por ahí se dan vuelta y le ponen los ojos en sus ojos. Y se hacen visibles. Como el sueño porfiado de que algún día, un dulce y no tan lejano día, todo será para todos.


Fuentes de datos:
Consultoras Ecolatina, Observatorio Electoral, Centro de Estudios del Banco Ciudad, Centro Mandela, INDEC, Junta Electoral Nacional.


Edición: 2108

Recién editado

Libros de APE