Por Claudia Rafael

 

(APe).- Alguna vez la definieron como la bonaerense de la Patagonia. Duro brazo de un Estado que fue dejando hilachas de horror en su camino. Nombres y vidas que fue engullendo con saña e ímpetu: Guillermo Garrido (El Bolsón, 13/1/11), Guillermo Trafiñanco (Viedma, 23/10/10), masacre de Bariloche (18/6/10), Nicolás Scorolli (Cipolletti, 25/12/11). Otros, como Atahualpa Martínez Vinaya (Viedma, 15/6/08) y Otoño Uriarte (Fernández Oro, 23/10/06), hundidos en la impunidad y rodeados de extrañas conexiones hacia los entramados del poder. Historias que bastan para desnudar una política institucional y no una seguidilla de casos aislados e inconexos.

"Se condena a Silvano Mesa a la pena de diecisiete años de prisión e inhabilitación absoluta por el mismo tiempo, como autor penalmente responsable del delito de homicidio calificado por abuso funcional, siendo un miembro integrante de las fuerzas policiales mediante la utilización de un arma de fuego”, sentenció el Tribunal. Guillermo Trafiñanco tenía 16 cuando la bala de Mesa entró en su cuerpo magro desde dos centímetros de distancia. Boca abajo. Inerme. Ya entregado a las garras de la muerte. Guillermo Trafiñanco era uno en el batallón de hermanos hijos de una madre sola que la peleaba como podía en el barrio Lavalle de Viedma.

 “Se condena a Nicolás Scorolli a la pena de muerte que se ejecutará con un disparo de Itaka en la frente”, sentenció el cabo primero de la policía rionegrina, David Carrasco. Nicolás Scorolli tenía 16 años, igual que Guillermo Trafiñanco. Nicolás Scorolli era un pibe de los márgenes en Cipolletti. Dicen que había robado un Renault 12 y que fue el único que no logró escapar. Nicolás Scorolli murió del balazo que salió del arma de Carrasco a escasísima distancia.

 En las mismas horas en que la Justicia condenaba a uno entre tantos, la policía rionegrina desnudaba al mundo entero que tiene permiso para matar. Guillermo murió el 23 de octubre de 2010 acribillado por el Estado bajo el gobierno de Miguel Saiz en el patio de una escuela. Nicolás murió en la Navidad, como un Cristo de los márgenes al que no habrá quien resucite, acribillado por el Estado bajo el gobierno de Carlos Soria.

 En el último acto público antes de pasar el mando a su sucesor, Miguel Saiz dijo en “el día del policía” que  “quería compartir este día tan especial para todos los hombres y mujeres que integran las filas de la Policía rionegrina, a quienes hago llegar mi sincero reconocimiento por el grado de profesionalización hacia temas sensibles como los derechos humanos que posiciona a distintos integrantes de la institución con igualdad profesional a nivel país”. Pero no sólo: “durante mi gestión se ha recorrido una etapa en la que el hombre, la justicia, la ley , la institución y la fe cristiana han sido componentes privilegiados y existe el pleno compromiso con la sociedad rionegrina de continuar garantizando la paz y el orden, elementos imprescindibles para el desarrollo de las potencialidades”.

 Apenas unas cuantas horas habían transcurrido desde que la Cámara Segunda del Crimen de Bariloche resolviera apartar al Juez de Instrucción Ricardo Calcagno de la causa que investigaba la muerte de Guillermo Garrido. Calcagno la había archivado con la carátula de “suicidio”. A contramano de tanta falacia, la autopsia de peritos ajenos a la provincia había determinado que la víctima había recibido un golpe contundente en la nuca en la comisaría 12 de El Bolsón, en la que había terminado por una infracción de tránsito. Allí donde -para Saiz- se garantizó la paz y el orden.

Apenas unos cuantos días habían pasado desde que el juez Martín Lozada procesara a dos policías de El Bolsón por golpizas y malos tratos a dos adolescentes: los tiraron al suelo, los patearon y los golpearon en el rostro, los esposaron y los ingresaron por la fuerza en un móvil, les impidieron llamar a sus padres y luego, ya en la comisaría, les ordenaron arreglarse la ropa, lavarse y volver a sus casas. A ellos también el ex gobernador hizo llegar su más sincero reconocimiento.

 Apenas unos cuantos meses habían transcurrido desde las muertes en manos policiales de Diego Bonefoi, de 15; Sergio Cárdenas, de 29 y de Nicolás Carrasco, de 16, en Bariloche. También, desde que se detuviera a Carlos Thorp, reportero gráfico, y se lo torturara después de que fotografiara las terribles escenas de violencia policial sobre quienes protestaban por el crimen de Guillermo Trafiñanco. ¿Qué potencialidades se habrán desarrollado allí para el antecesor de Soria?

 Su vida de periferias y abandonos había llevado a su madre a decidir sacar a Guillermo de Viedma y destinarlo a la blanca y pulcra Bariloche, tan pura en el imaginario, tan potente y multiplicadora de bienestar. Las balas policiales lo encontraron de regreso en Viedma para festejar el día de la madre. Su vida estaba signada para la cruz y los clavos. Tan distinta de aquella que atravesaba en conciencia y determinación la de Atahualpa Martínez Vinaya, cóctel originario de mapuches y aymaras. Estaba impregnado desde niño de los sonidos del viento y de la adoración por la tierra. Llevaba a diario a pastar las ovejas y amaba al Che Guevara por herencia de su madre, Julieta Vinaya, que el mismo día en que le acribillaron a su niño estaba en Rosario en los homenajes al revolucionario. Ese 15 de junio de 2008 lo mataron con un arma calibre 22 y quedaron ensangrentados para siempre sus sueños de estudiar medicina en Cuba y de volver a curar a la gente de su Patagonia profunda. Atrás quedó también su liderazgo en la toma de tierras en las afueras de Viedma y su paso eternamente cansino mamado tal vez de los ancestros de la Bolivia más honda.

 El 61 por ciento de las muertes por gatillo fácil en el país recayeron en manos de las policías provinciales. Policías con un camino prediseñado políticamente por Miguel Saiz primero y por Carlos Soria desde el 10 de diciembre.

 Pero que va mucho más allá. “Es la pena de muerte extrajudicial aplicada por verdugo de uniforme”, definió alguna vez el criminólogo Elías Neuman para hablar de esa puntillosa represión preventiva e indiscriminada contra los opositores potenciales. Herramienta eficaz del estado moderno que no perdona. Que saca a la luz sus garras y deja huellas en los cuerpos múltiples de ese nuevo enemigo de los márgenes.

 Un enemigo al que asesinan una y mil veces y en cuantas ocasiones sea necesario para aleccionar. Como ya en 1965 hicieron en Quilmes con Nazareno “el Sapo” Vidal, un ladrón de poco vuelo que apareció baldíamente muerto.  Las estrategias se repiten. Se imitan. Se perfeccionan. Ya entonces el parte policial decía “muerto en un tiroteo”. Pequeño detalle: “el Sapo” Vidal tenía un tiro en la nuca y las muñecas amarradas.

 Edición: 2144

 

 

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