Por Carlos Del Frade

(APe).- En estos días se cumplen noventa años de la tercera gran huelga en La Forestal, en el norte de la provincia de Santa Fe.

 Aquel movimiento estuvo encabezado por trabajadores hacheros explotados en los montes de quebracho que se extendían por los tres grandes departamentos de la cabeza de la provincia con forma de bota: 9 de Julio, lindante con Santiago del Estero, General Obligado, cuyo nombre recuerda al matador de originarios y que está sobre el río Paraná y, en medio de ellos, el más extenso, Vera, atravesado por lagos y lagunas y poblado en aquellos años veinte del siglo anterior, de miles de cabezas de ganado.

 

 La huelga fue violentamente reprimida hasta con una policía privada armada por la compañía y con la complicidad absoluta del poder político nacional y provincial de entonces. La multinacional inglesa no podía tolerar que los obreros pusieran en tela de juicio su fabuloso negocio resultante de la explotación y exportación de recuso natural agotable como era el quebracho.

 Cuando La Forestal se retiró de Santa Fe, en 1964, quedaron las consecuencias de tanto saqueo: pobreza, desocupación y tierras devastadas.

 El lógico resultado de la imposición de un modelo extractivo que no repara ni en bienes naturales ni en las necesidades humanas.

 Nueve décadas después, en el mismo territorio, el segundo estado de la Argentina, se producen 135 accidentes laborales por día, según las últimas informaciones oficiales publicadas por la Superintendencia de Riesgos de Trabajo. A razón de un siniestro laboral cada doce minutos en la provincia de Santa Fe.

 Ahora la máscara del modelo extractivo cambió.

 Ya no es más el quebracho, ahora es la soja. Y los que antes morían por la imposición de cortar y talar quebrachos, ahora mueren por trabajar en la explotación sojera, bañada de agrotóxicos que multiplican ganancias y mutilan existencias.

 Néstor Vargas tenía solamente veintisiete años y vivía en Vera, el departamento del medio de los tres que registra el mapa santafesino en la cabeza de la bota, en límite con el Chaco.

 Pero no murió de muerte natural por más que quieran naturalizar su muerte.

 Vargas era un trabajador rural y estaba expuesto a las condiciones laborales que impone el modelo extractivo sojero, soportar los agrotóxicos y pagar sus consecuencias con su propia salud. Los medios de comunicación regionales gritaron que la vida de Vargas se apagó por contaminación e intoxicación debido a la utilización de estos elementos químicos. Por su parte, los integrantes de la campaña “Paren de fumigarnos”, expresaron sus denuncias a través de un comunicado de prensa donde dicen que “la laxitud y falta de respuesta ante los pedidos de recategorización de agrotóxicos, limitaciones en el uso de los mismos y la reforma a la ley de fitosanitarios generan situaciones como las mencionadas, obviándose, inclusive, los dictámenes judiciales que ya se produjeron e implementaron en las provincias de Santa Fe y Chaco”, dice el documento.

 Y termina afirmando que “el creciente deterioro de las condiciones sanitarias de nuestra población, producto de sobreponer la renta por sobre los derechos a la salud, con consecuencias irreversibles en muchos casos, como el del trabajador rural de Vera que deja una viuda y cinco huérfanos, es un hecho que no debe caer en el olvido de la impunidad y el silencio oficial”, dicen los integrantes de la Campaña.

 A noventa años de la gran huelga de los obreros de La Forestal, la muerte de Vargas exige memoria para que la historia no se repita.

 Edición: 1215

 

 

 

 

 

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