Por Claudia Rafael

(APe).- “La policía a veces tiene que actuar fuera de la ley”, solía decir Luis Abelardo Patti, condenado a perpetua por delitos de lesa humanidad. “Hay ciertas manzanas podridas dentro del cajón”, pontificaba el ex jefe departamental de Azul, Luis Rubini que tenía particular afición por definir como “pillerías” algún crimen en el que aparecía un policía imputado. “Al ser los basureros de la sociedad, a veces nos manchamos con basura”, inmortalizó el ex jefe de la mejor policía del mundo Pedro Klodczyck. La misma que poco después, tras el crimen del fotógrafo José Luis Cabezas pasó mágicamente a ser reconocida como la “maldita policía”. “Hay excesos en el personal policial.  Lo fusilo yo por la espalda al policía que llegue a hacer una cosa de ésas”, advirtió el ex jefe de la bonaerense de Ruckauf, Eduardo Raúl Martínez.

 

¿Policías buenos y policías malos? ¿Doctor Jekyll y Mister Hyde? O más bien –como planteó Roberto Cipriano García, coordinador del Comité contra la Tortura en diálogo con APe- “no se puede pensar en fuerzas que no reproduzcan la matriz autoritaria, el esquema militarizado, porque tiene que ver con la subsistencia propia, con la misión de reproducción del modelo económico social vigente. Son necesarios para que el sistema persista”.

 

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Cuando Carlos José, con sus 24 años a cuestas y esa dificultad para acabar los pensamientos que le llenó de motes la historia, quiso describir lo que le hacían ante la fiscalía de Bahía Blanca, contó que “estaban uniformados, todos me pegaron, me hicieron poner de espaldas contra la pared; yo tenía las manos esposadas; uno se puso de frente y me pegaba con un palo corto de goma, me pegaba en el estómago; yo me quería morir del dolor, cuando me agachaba por el golpe los otros que estaban de cada lado mío me agarraban de las orejas y me hacían poner derecho y me daban cachetazos en la cara. Tengo toda la cara y las orejas golpeadas (…) Pasaban, me pegaban trompadas o patadas en cualquier lugar del cuerpo y se iban, esos daban vueltas, los otros estaban fijos, por ahí me tiraron al piso y uno me puso en la cabeza una bolsa de plástico de ésas de supermercados, de mandados, y me hacía ahogar (...)”. 

Lo habían detenido por el asalto a una estación de servicio de esa ciudad tan férreamente marina y de historia oscura. Dicen que se había robado una billetera con “más de 500 pesos” y una gorra con visera. Cuentan que Carlos José estaba en un descampado y que por su cabeza, cuando vio llegar a los policías, pasó velozmente la película de aquel día en que lo detuvieron cuando viajaba en moto con un amigo y los golpearon duramente. Entonces corrió. Dicen también que una vecina de la Villa Quilmes –ahí donde Bahía deja de ser pulcra y blanca- osó pedirles que no le pegaran, que “el chico es bueno” y que le devolvieron unos cuantos gritos penetrantes y amenazatorios.  Y que a Carlos José, se lo llevaron. Desde Villa Quilmes, ese asentamiento histórico enclavado en la ciudad que fue pensada por Domingo Faustino Sarmiento en 1883 como germen de la escuadra del mar con la que se defendería a la Nación. Desde Villa Quilmes, símbolo histórico de la represión y en donde los militantes cristianos de La pequeña Obra entregaban vida y utopía. 

No se conocen. Pero tal vez, en el fondo, Carlos José y Jonathan Damián Alí se parecen. Jonathan tiene 19 y vive en San Pedro. Su nombre saltó a los diarios y su historia no ofrece grises. Hay blancos y negros. Aquellos que dicen que lo masacraron a golpes y quienes niegan absolutamente todo. La historia empezó cuando fue detenido en su ciudad con un balazo en la zona lumbar. Cuentan que había querido robar a tres personas, entre ellas a un policía, que no tardó en asestarle un disparo. Que lo operaron y que estaban por darle el alta. Que antes lo trasladaron al Hospital Fiorito, de Avellaneda. Pablo Torres, secretario general de la Cipoc (Asociación Sindical de Profesionales de la Salud de la Provincia de Buenos Aires), contó que "se reponía satisfactoriamente” y que “súbitamente, y sin relación con el cuadro anterior, los médicos observaron que el paciente tenía un ojo con un importante hematoma. El paciente se descompensó, tuvo que ser operado de urgencia y allí se constató, entre otras lesiones internas, un estallido de duodeno. Todo lleva a pensar que el paciente fue sometido a una feroz golpiza mientras se recuperaba de la primera intervención". 

María del Carmen Verdú, desde la Correpi, sostuvo que entre balbuceos “el chico llegó a decir que se cayó de la cama. Típica justificación del preso que dice ‘me choqué con la pared’. No se la cree nadie”.

 

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La policía “mala” y la policía “buena”. La policía “mala”, aquella que golpeó y torturó con métodos del estado del terror a Carlos José y “arrojó de la cama” a Jonathan. La policía “buena”, aquella que niega cada parte de la historia. Como en la novela de Stevenson, parecieran emerger del mismo cuerpo dos conciencias. Un Henry Jekyll dedicado esforzadamente a ocultar cada una de las ilegalidades de su otro yo, Edward Hyde en una historia que sólo puede acabar con el alter ego violento y maléfico con la muerte.

 Es una misma estructura. Sólida. Férrea. Tentacular. Conocedora de los mecanismos más crueles y perversos, más lúcidos y oscuros, para descartar lo que el sistema concibe como descartable. Para destruir lo que –como decía llanamente Klodczyck- es ubicado como “la basura” social. El excedente. Todo ese universo sobre el que jamás caerá la caricia que nace de la equidad.

 La misma institución sobre la que la sociedad de los incluidos deposita su voto de confianza para combatir el delito es la que se pertrecha para cometerlo cuando subyace en su territorio cotidiano el beneficio económico. Es la doble cara siniestra de una misma moneda. “Como dos habitaciones unidas por un corredor, aun cuando dos habitaciones diferentes, ambas integran la misma casa. Estar en una habitación o estar en otra depende de las necesidades y requerimientos propios o institucionales”, define Alejandra Vallespir en “La policía que supimos conseguir”.

Hay un bien superior. La perpetuidad de un sistema de territorialidades que demarca claramente la pertenencia. Ese sistema soltará eslabones molestos cuando haga falta. Destruirá semillas de rebeldía cálidamente rociadas de vida en el vientre de toda utopía. Masacrará las voces de los mil veces vulnerados. Aunque siempre, atados a la lucecita endeble alguna estrella fugaz aparecerán nuevos sueños insurgentes que pujarán por plantar su propia bandera.

 

Edición: 2109

 

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