Por Claudia Rafael

(APe).- “Lo bajamos. El hijo de puta se parapetó detrás de un árbol y se defendía con una 22. Lo cagamos a tiros y no se caía el hijo de puta”. Media sonrisa bosquejaba el rostro de ese hombre llamado Ernesto. Quién sabe qué extrañas razones hacen que uno siga asociando el nombre Ernesto únicamente a la utopía y la entrega. No caben allí las traiciones ni la perversidad. Pero la historia entrega largos listados que podrían incluso derivar en alguna rara confusión ideológica. Después de todo, Rodolfo no fue únicamente aquel portador de dos yambos aliterados –como él mismo definió en su autobiografía para aludir a su nombre y apellido- sino que hay unos cuantos del otro lado de la vida (o más bien de la muerte).

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Por Carlos del Frade

 (APe). -Rubén era cartonero y tenía veinte años. Ese 19 de diciembre salió de casa con la idea de buscarle yogur y pañales a nuestra hijita Aldana que por aquel entonces tenía solamente dos años. Antes de irse, le dijo, le prometió que iba a hacer todo lo posible para festejarle los quince años. Porque algo muy chiquito le pudimos hacer cuando cumplió los dos años, pero el primer añito no pudimos. No había un peso. No volvió más. Le pegaron un tiro por la espalda – cuenta María Martínez, la esposa de Rubén Pereyra, asesinado en el barrio Las Flores, en el sur de Rosario, diez años atrás.

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Por Silvana Melo

(APe).- Cientos de miles de trabajadores en negro, esclavos, precarizados, marginados para siempre del sistema, cirujas que diseccionan a basura de los incluidos, pobres de toda pobreza, asisten con ojo resignado a la disputa de los dioses en las alturas vastas del Olimpo. CFK y Hugo Moyano han decidido darse pelea y la sangre que les salte de las cejas salpicará inexorablemente a las indefensas vulnerabilidades sociales. Las que están fuera de las agendas de los titanes. Las que no aportan a las cajas de las obras sociales porque no están registrados o directamente no están. Las que no integran las juventudes maravillosas (la sindical o la camporista) porque por su esquina no pasa el bondi que va al paraíso donde dicen que está la clase media que trabaja y se moja los pies en las pleamares atlánticas todos los fines de semana largos.

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Por Alfredo Grande

 “Cuando la limosna es grande, no hay que desconfiar como el santo. Hay que estar seguro de que es una estafa”

(aforismo implicado)

“La parte que me toca tiene nombre y podríamos ponerle apellido: culpa castigo. Entonces, lo voluntario es apenas el voluntariado del sometido que para no sentir culpa y apaciguar el castigo, sostiene aquello que lo degrada. Porque peor que estar degradado es ser para la nada, y aunque la sarna pique, algún gusto hay que encontrarle”1  En mi trabajo anterior, intenté pensar cómo la pareja siniestra “culpa-castigo” organizaba la subjetividad de Carla. Pareja  que es inoculada por la cultura represora, en este caso, el Poder Judicial. Que poco tiene que ver con el derecho y nada con la justicia. Pero como tercero en total discordia, voy a intentar ser tardío tercero de apelación, al decir de Fernando Ulloa, para compartir una penosa y lamentable autopsia psicosocial en relación al asesinato de Carla. Mis comentarios en negrita.

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Por Claudia Rafael

(APe).- “Todos tienen miedo y yo también... el miedo no me deja dormir... nada funciona bien excepto el miedo”. La frase, inserta en la boca del inspector Bauer, desnuda el nacimiento de una sociedad anclada en la opresión, la anestesia colectiva y la desesperanza. Cómo desentrañar esa anestesia, cómo introducir el bisturí en el corazón de una sociedad que parece haber perdido hace tiempo ya su propia brújula y empezar a soñar nuevamente un vínculo amoroso en el que la humanidad recobre sentido. El inspector Bauer presiente que ese germen será ni más ni menos que el principio del final. Es –a todas luces- el huevo de la serpiente. Ese desde el que se explican demasiadas muertes violentas: las nacidas en el entorno mismo de la víctima y aquellas urgidas institucionalmente como disciplinamiento social.

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