Por Oscar Taffetani

(APe).- “La audacia -escribe Ambrose Bierce en su Diccionario del Diablo- es una de las cualidades más evidentes de los hombres que no corren peligro”. Ciertos deportes extremos y ciertas aventuras en islas remotas, de ésas con las que se satura a diario la televisión, responden a ese concepto. En las antípodas ideológicas y existenciales van quedando los otros, esas pobres criaturas humanas cuya mayor aventura es mantenerse con vida y alimentar a la prole, en un mundo que es verdaderamente peligroso.

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Por Claudia Rafael

(APe).- El empleado del peaje lo vio y sintió que era la fotografía más cabal de un cristo abandonado a toda suerte. Con la morochez eterna en la piel, los ojos sesgados y el pelo renegrido estaba sentadito con el torso desnudo a un costado de la ruta 226, solo, con la vulnerabilidad que le asomaba por cada uno de sus poros. Cuando le preguntó qué hacía ahí y adónde pensaba viajar, él primero no entendió ese español que le resulta tan ajeno y a la tercera vez que le repitió, contestó tímidamente, como en un hilo de voz, que a Bolivia. Ya el turno del empleado había terminado, lo cargó en su auto y lo llevó hasta el barrio boliviano de la ciudad, a miles de kilómetros de su tierra. Recién con los suyos y en quechua todos pudieron ir uniendo las piezas desperdigadas del rompecabezas de su historia. Que se llamaba Waldemar, que tenía 17 años, que habían sido duros días de trabajador quintero, traído quién sabe por quién y cuándo, que los métodos de control eran férreos y denigrantes, la paga irregular y que quien sabe de dónde había sacado la osadía para birlar la atención de los capataces al empezar aquella tarde a caminar hasta llegar al peaje. Indocumentado, cansado, totalmente desorientado y sin rumbo, representaba –sin imaginarlo, siquiera- a millones de waldemares esclavizados sobre la tierra.

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Por Silvana Melo

(APe).-La legitimación del vecino delator como herramienta de control de las piezas desencajadas de la estructura social es una consecuencia del autoritarismo, de la desorientación, de la perversidad política o de la ausencia del Estado. Que cuenta con una ingeniería de inteligencia criada desde las maquinarias de la dictadura. Y que se basta por sí misma para salir a buscar sospechosos con la suficiente imprecisión como para que la trampera se cierre en cualquier cuello.

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