Por Cristina BACCIN (*)

 Rubén y Neida noviaron por unos 3 años y finalmente, decidieron casarse. Ambos vivían en New Jersey. Rubén Quinteros llegó a EEUU hace 10 años y trabajaba como mecánico. Cuando se preparaba con mucho entusiasmo para su boda con Neida Lavayén, una semana antes de la ceremonia, fue detenido y apresado por los agentes del Servicio de Inmigración en el taller donde trabajaba. ¿Su delito?: permanecer en el país sin visa. Quinteros, de nacionalidad uruguaya y Lavayén -colombiana de origen, ciudadana americana, madre de dos niños-, iban a formalizar su vida en familia y también, de ese modo, regularizarían la residencia legal  de Rubén en EEUU. Y no pudo ser así: el sueño del matrimonio no se realizó porque Rubén fue encarcelado en Delaney Hall de Newark, un centro de detención privado, y luego deportado a Uruguay por no disponer de su visa en regla (New York Times, 12/11/2011).

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Por Alfredo Grande

“La culpabilidad del victimario se diluye en la culpa de la víctima” (Aforismo implicado)

(APe).-Asesinar por “ser”. Ser negro, comunista, gitano, judío, musulmán, cristiano, ateo, lindo, feo, barra mansa, joven, viejo. Pensar al genocidio como crimen de lesa humanidad implica que es la propia condición humana, la humanidad fundante, la que es avasallada cuando este crimen se ejecuta. La cuestión no circula porque se lo hace, aquello que necesita el discurso justificatorio de todo “cruel que arranca el corazón con que vivo”. Los victimarios de la historia siempre han tenido diferentes versiones del “por algo será”, del “algo habrá hecho”. El hacer del otro justifica mi propio hacer castigador, torturador, extirpador. El victimario siempre dice actuar en defensa de valores abstractos, para los cuales es necesario eliminar antivalores materiales. Para sostener “ideales”, se masacran personas. Por lo tanto, toda lucha deviene cruzada, incluso con los aditamentos de purificadora, salvadora, beatífica. El genocidio es la puesta en acto de una certeza delirante donde el Poder y la Verdad se fusionan. No todo “ser” merece la oportunidad de existir. Algunas existencias deben ser erradicadas, justamente para impedir que un ser malignizado ose anidar en ellas. Hay un “ser” nacional que debe ser custodiado, protegido, defendido. Pero no todos son portadores sanos de ese “ser”. Por eso los custodios del santo grial de las existencias dignas velan con la espada para que “dejen de ser”.

Toda la tradición reaccionaria de Occidente y gran parte de Oriente considera a la existencia de la mujer como portadora de un ser que sólo encuentra su dignidad cuando acepta, o sea, se somete, a engendrar otro ser. Mandato divino que arrasa con el propio deseo de la mujer, porque no se trata de su existencia concreta sino de la misión de su “ser”, en la cual ella nada tiene para decir. La paradoja que para la cultura represora deviene siniestra es que para que el “ser” engendre otro “ser”, tiene que encarnarse en una existencia sexuada. Y que debe someterse a los mandatos que habilitan una sexuación que pueda concebir sin pecado. Es decir, legitimada por un sacramento. La propiedad privada de la mujer es sostenida por un varón que representa y restituye un Orden Patriarcal. Jerárquico, naturalizado, represor.

Ese orden patriarcal habilita el “ser para la reproducción” pero mutila el “ser para el placer”. Expropiada la mujer de su placer, incapacitada por siglos de sometimiento a enfrentar en su nivel fundante al Orden que le formatea la existencia, queda enajenada en el único rol y función que respetabiliza su ser: ser madre. Los otros destinos a los cuales pudiera orientar su existencia, son tabúes que castigan el mínimo intento de ignorarlos. Henrik Ibsen, el genial dramaturgo, lo expuso con belleza y contundencia en “Casa de Muñecas”. La frustración sistemática y planificada en la mujer genera una frustración análoga en el varón. Pero los destinos de ambas frustraciones se separan: mientras en la mujer la frustración sostiene la sexualidad reprimida, en el varón es uno de los cimientos de la sexualidad represora.

“Nunca lo hubiéramos sospechado”, como escribió Freud al referirse al inconciente represor. La sexualidad represora (pornografía, prostitución, pedofilia, denigración erótica, etc) es sostenida desde los paradigmas de una sexualidad reprimida. No es casual que el significante “puta” designa tanto a la mujer que comercializa su sexo como a la que reinvindica su potencialidad deseante por fuera del corralito matrimonial. La miseria sexual de las masas se sostiene tanto desde la sexualidad reprimida como de la represora. El Orden Patriarcal no solamente formatea la existencia de la mujer, sino que ordena al varón que debe someter a las mujeres. Que deberá conquistarlas para que frente a la cofradía de varones, pueda exhibir una virilidad pura y contundente. Una falla real o simbólica en esta propiedad privada, es castigada con la cruel injuria a la autoestima del varón. La sexualidad reprimida sostiene el mandato de la necesaria fusión entre amor y sexualidad.

La sexualidad represora sostiene el mandato de la necesaria escisión entre amor y sexualidad. Ambos mandatos, en su aparente contradicción, sostienen la abolición del deseo, como la ley que aprobó el parlamento europeo en los dichos de Joaquín Sabina. Todo este mecanismo cultural que intenta organizar el devenir sexual de las masas, es capturado por la mercantilización y comercialización de los cuerpos. Como se verifica en toda mercancía, es la demanda la que genera la oferta, y no al revés. Nadie compraría un esclavo, si nadie ofreciera esclavos para comprar. Lo que sucede es que intervenir en la demanda, asegura que la rentabilidad de la oferta seguirá intocable, porque la justicia no es neutral. Como todos saben, los perejiles de turno son los que serán exhibidos como el producto de las campañas anti lo que sea, cuando las diferentes industrias y mercados ilegales siguen generando ganancias exorbitantes. Cualquier ley que se haga, habrá mas trampas que leyes. La única forma de armonizar la sexualidad de todos los géneros, es sosteniendo sin titubear la profecía del amor libre, libre en su dimensión de sexualidad placentera. Pero la posmodernidad ha construido al falso profeta del placer individual y permanente. La violencia y la crueldad, en sus formas larvadas o manifiestas, son producto de la frustración crónica y ascendente de amores y placeres aplastados. El extravío moral y mental de psicópatas y perversos, no alcanza a explicar ni un caso sobre cien de violencia sobre la mujer. El femicidio responde a matrices culturales represoras, tanto de la mujer como del varón.

El Orden Patriarcal habilita que el varón humillado, domado, castigado, pretenda lavar su honor viril mancillado asediando, agrediendo y vulnerando a la mujer que no supo amar o cuidar. La sexualidad reprimida potencia la sexualidad represora. El varón paga por tener su placer, pero no tiene placer por pagar. Paga porque es mas cómodo acoplarse a un orden injusto, que pretender subvertirlo. La mujer prostituída, como estrategia de supervivencia, acepta ese pago que le permite sostener su existencia y otras existencias, ya que la cultura oficial ha dicho ausente con o sin aviso, hace años. La bomba de tiempo está preparada, y explota cada vez que se la pisa. Por eso no se trata en forma principal, aunque no deja de ser necesario consignar, de cuantas mujeres son asesinadas. Una sola que lo sea por su “ser mujer” es suficiente para sostener el concepto de “femicidio”. Para mí esto es importante, porque nos conduce inevitablemente a sostener que “matan a una, matan a todas”.

Edición: 2129

Por Silvana Melo 

(APe).- Enero en El Bolsón es azul y es verde, es valle y es lago y, al menos para algunos, un desaforado remedo del Paraíso. Era algo así para Guillermo Garrido, que venía de Epuyén y pasó por El Bolsón como para dar un toque al Olimpo. Sin tener en cuenta que las residencias divinas suelen ser avanzadas por satanases y sumidas por satanases. Por más bellas que sean y parezcan. Paraísos y Olimpos, tantas veces, cuelgan de los dedos de los represores.

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Por Claudia Rafael

(APe).- Una hora entera estuvo allí, contó su padre. Una hora entera con sus últimos borbotones de vida, en el veredón de la Hostería Briguitte, frente a la plaza del pueblo. Una hora entera intentando respirar un aire que ya no le pertenecía. Una hora entera sintiendo que la vida se le iba en esa soledad que la dejaba tan sola, tan expuesta, tan llena de monstruos silenciosos, tan cargada de ausencia. Uno, dos, tres, cuatro segundos. Diez, veinte, treinta minutos. Y la vida se le iba. Se le escurría de los dedos. Dejaba que la muerte se volcara sobre ella con su lava imparable, tiñéndola de oscuridad. Treinta y cinco, cincuenta, sesenta minutos y basta. Ya no más. Ya nunca más. 

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Por Carlos Del Frade 

(APe).- Todavía están allí, en un costadito de la zona sur de Rosario, las dos torres que recuerdan los primeros hornos de la empresa fundada por la familia Acevedo, a finales de los años 40: aceros para la industria argentina, más conocida por su sigla identidad, Acindar. Luego vino el barrio que empezó como una promesa de la mismísima Evita y el traslado de la planta hasta cuarenta kilómetros al sur de la cuna de la bandera, en Villa Constitución.

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