Por Claudia Rafael

(APe).- La mesa es tan larga que las risas no se escuchan de un extremo al otro. Ni siquiera el ruido de los vasos cuando chocan entre sí para el brindis. Es que está llena de pibes y, ya se sabe, los pibes son escandalosos y no se ruborizan ante el grito extemporáneo del otro. En todo caso, lo festejan con una carcajada. Unos cuantos corretean porque para qué quedarse quietos si la adrenalina fluye como ríos huracanados. Si no hay amarras que los retengan y sólo saben que el futuro es hoy aunque se los hayan truncado definitivamente.

 

Cada año son más alrededor. Pero lo que sobra es espacio allí en los arrabales de la vida así que no importa. Allí la propiedad privada no existe y el único pasaporte es un manojo de sueños que se escurran entre los dedos. Poco menos del millar en la larga mesa no cumplieron siquiera los 21. No los dejaron. Les talaron los días y se los congelaron para siempre. Entre ellos hay casi un centenar que directamente es hiperactivo y salta, juega a trepar en un árbol muy cercano y se trenza en luchas imaginarias. Nunca cumplieron los 14 y ya tampoco los cumplirán. Como Diego Gómez, que apareció para el brindis por primera vez hace ocho años. Morocho y con un par de tatuajes en los brazos, se le rió en la cara al policía que ahí mismo, en la puerta del boliche, se la juró.

Para esta Nochebuena eran 3093 entre los tablones que van adosando en hilera infinita. Hubo 20 nuevos cada mes durante el 2010. Uno más cada 28 horas. Y quién sabe cuántos sumarán en la última noche del año. Cuántas sillas más habrá que acercar.

Como las uvas de incontables racimos fueron cayendo por las balas certeras de alguna fuerza de seguridad desde el 83 hasta ahora.

Matías Bravo tenía 15 cuando una bala le detuvo para siempre la respiración. El ya es parte de esa larga mesa desde hace 7 años, cuando iba jugando con la zurda a patear la pelota pero al padre del jefe del Comando de Patrullas le molestaba el griterío de los purretes en un barrio de los márgenes de Olavarría, sacó el arma y disparó a matar. Canturrea a veces y otras silba porque conversador, mucho no es. Amaba al Diego y por eso canta como el Potro y repite una y otra vez esa parte que dice que “carga una cruz en los hombros por ser el mejor, por no venderse jamás al poder enfrentó”. Y mientras la dice tal vez hasta se imagina que si hubiera sido menos tímido, más osado, a lo mejor zafaba de la bala. Pero a él siempre se les escaparon fácil los pensamientos. Era como que no los podía retener demasiado tiempo en su cabeza.

A veces le hace un pase a Ezequiel Demonty. Se dio cuenta enseguida cuando lo vio llegar con sus 19, que seguramente sería bueno si se enfrentaban en un picadito. Entre palomitas y rabonas le contó algo pero Matías se olvida de esas cosas y sólo recuerda que le habló de los policías en el Riachuelo. No mucho más. Después de todo, se conocieron para la larga mesa en las fiestas de 2002.

Son unos cuantos los recién llegados. Diego Bonefoi anda medio perdido todavía. El es de los más nuevos. Lo mandaron derechito a la mesa los proyectiles policiales en el Alto, en Bariloche. Ahí donde la cuarta parte de la gente de toda la ciudad no tiene siquiera casita propia. Donde no hay laburo y donde no hay con qué pelearle a la vulneración cotidiana. El Diego también deja la mesa de a ratos y se trenza a pelearle la pelota a Ezequiel o al resto. Pero por momentos se sienta y dibuja, como contó su maestra que tanto le gustaba hacer.

Son los pibes desclasados y golpeados por la violencia del Estado. Los que no tienen y buscan pertenecer. Los que se dejan seducir por promesas vanas que nunca se cumplen. 3093, dice la Correpi que van siendo los que caen de los hilos por los que transita su vida.

En el lateral de un tablón medio partido Mariano Ferreyra discute apasionadamente de política con Darío Santillán y Maximiliano Kosteki. Y entre cerveza y cerveza meten un bocadito Mauro Ojeda, que quedó plantado eternamente en sus 19 y Francisco Escobar con sus 25 bajados por las balas de la represión ahicito nomás de la Navidad del 99.
Hablan del país, del hambre. Mariano insiste con la selectividad de la represión que crece y descarga su ira porque no tolera que la mesa se haga más y más larga. Y un poco más allá Diego Lamagna, con sus 27 eternos y Carlos Petete Almirón, de 23 insisten una y otra vez con que fue Kirchner quien ascendió a Ernesto Weber a comisario.
En la nochebuena no faltó quien dijo que si dios no existe para qué estamos acá brindando y otro le respondió que, después de todo, Navidad deriva de nativitas y que entonces sean bienvenidos todos los nacimientos del mundo porque una y otra vez nos nacemos a nosotros mismos, nos transformamos, nos parimos desde el abrazo colectivo como eternos cristos marginales.

Todos repiten que la larga mesa del fin de año no deberá tener una sola silla más aunque temen. Saben bien, aunque miren la vida desde el callejón donde las utopías rotas quedaron dibujadas en una pintada callejera que tal vez no sea así.

Ensayan un brindis improvisado. Juntos para siempre. Frágiles colibríes que no estaban hechos para este mundo. Sabedores pertinaces de que la rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos, como les contó en ese nuevo universo que transitan alguien que tampoco estaba hecha para esta vida.

 

Edición: 1925

Recién editado

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