Por Claudia Rafael

(APe).- No tenía identidad documentada. No sabían exactamente cuántos años había vivido. Tal vez 34, 37, 40. ¿Acaso importa? Dicen que se llamaba Teresa Ortiz. Mujer wichi. Mujer de los cielos, como toda wichi. Su nombre deberá ser repetido infinitamente para que su historia no se esparza como peste imparable. La memoria es como una diosa salvadora porque así lo creían los ancestros que repetían en una cantinela “no olviden, porque olvidar es una forma de morir”.

 

Cuentan que Teresa Ortiz se durmió en una muerte eterna sobre el piso de tierra de su choza. En esa Misión Chirola en la que bastaba mirarse apenas para reconocerse en una vida en común de apenas unas pocas familias. A pocos metros de Fortín Dragones en donde la vegetación es señora poderosa entre las alturas de una tierra salteña que conoce de furias y de rabias guardadas.

Los días suelen ser iguales para los desarrapados. Donde el calor llega a 40 grados y el frío atenaza los cuerpos en casuchas con paredes de plástico. Allí donde las elecciones suelen vestir las calles de promesas que jamás transforman el mañana. La vida parece ser una imagen congelada. Siempre así. Siempre igual.

En una tierra en la que los hombres fueron creados porque allí todo era eterno principio de vida plena y verdadera. Y las mujeres, como Teresa Ortiz, fueron nacidas en los cielos donde eran moradoras etéreas que descendían misteriosamente para buscar alimentos. Hasta que un día cayeron, como cayó Teresa, y fueron desenterradas -cuenta la mitología wichi del origen- por las pezuñas de los animales.

Teresa magra. Teresa mujer que se fue apagando entre flacuras que la despoblaron del fueguito de la pasión. Y ya no pudo elegir.

Cuentan que pesaba apenas 40 kilos cuando las sombras de la muerte empezaron a seducirla. Danzaban a su alrededor como bestias devoradoras que engullen sin piedad a los vulnerados.

El subsecretario de Salud de Salta, Juan José Esteban dijo que la mujer “se negó sistemáticamente a recibir atención sanitaria” en las últimas semanas. Su esposo, Raúl Fernández contó, en cambio, que "recién al último, cuando ya estaba mal, se preocuparon por atenderla. Pero ya era tarde y entonces mi mujer decidió no ir".

Esteban insiste: todo fue culpa de Teresa Ortiz. Porque cómo es posible que ella se negara a entender que la supervivencia estaba lejos de la misión, de la choza, de sus ropas, de su pedazo de cielo, de los olores de su pueblo, de los misterios y las preguntas que sólo allí se desentrañan, de su origen milenario y anterior al hombre blanco que llegó para quedarse.

Y en “la salita” médico no había ni tampoco ambulancias y menos aún una lengua en común entre los blancos chamanes de la modernidad que no entienden a la gente wichi y sus palabras. Apenas enfermeros desde que el único médico se tomó licencia. Entonces Esteban anunció entre bombos y platillos que ahora sí habrá médicos. Y sí habrá asistentes bilingues porque el español es lengua conquistadora y ajena en esas tierras.

Ni Teresa Ortiz ni sus hermanos wichis de la Misión Chirola supieron acaso que el Producto Bruto Interno de la Argentina -que les es tan ajena por historia y por prepotencias- creció como nunca en los últimos ocho años. Ni tampoco que el desempleo bajó a una tercera parte desde los días de aires privatizadores de los años 90. Ni siquiera saben que son parte de un ejército que lleva el hambre como estandarte en un país que los desconoce aunque sean el origen de estas geografías. Porque no hay espejos para ellos, los pertinaces nadies de la vida.

Teresa Ortiz es apenas hoy un hilo en el entramado de la historia. Es parte de la noche que ya no sabe de estrellas y que olvidó los días.

Habrá que estirar los brazos para cobijarla en la memoria. Para rescatarla y dibujarle un tramo de paraíso. Para que todas las Teresas de la tierra se pongan de pie en los umbrales de la vida y alcen su grito en eterna rebeldía.


Edición: 1920

Recién editado

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