Por Oscar Taffetani

(APe).- La vigésima Cumbre Iberoamericana celebrada en Mar del Plata los pasados 3 y 4 de diciembre, más allá de presencias y ausencias y de los entretelones del mundillo diplomático (ésos que, Wikileaks mediante, ya están dejando de ser entretelones), terminó del modo más previsible: con una declaración de 57 puntos que se ocupó de bordar los dichos de la cumbre anterior con los de la cumbre presente y los de la próxima. “Educación para la inclusión social” fue el lema del encuentro y puede afirmarse que el texto del final fue tan pero tan inclusivo que no hubo buen deseo ni objetivo, políticamente correcto, que haya quedado afuera.

 

“Las Jefas y Jefes de Estado y de Gobierno -dice el preámbulo- reiteran el objetivo común de avanzar en la construcción de sociedades justas, democráticas, participativas y solidarias en el marco de la cooperación e integración cultural, histórica y educativa (…) valorando los importantes logros alcanzados en los últimos años en materia de crecimiento de la cobertura de nuestros sistemas educativos en el nivel primario, especialmente respecto de una mayor inclusión de sectores históricamente excluidos y grupos vulnerables, tales como la población rural, las comunidades de pueblos originarios, los afro-descendientes y los sectores de menores recursos y personas con discapacidades…”

A la vez, aplicando una fórmula realista inaugurada con los Objetivos del Milenio (que se van corriendo para adelante, de lustro en lustro, para posibilitar su cumpliemiento) la Cumbre fijó 2021 como fecha límite para los nuevos desafíos planteados. Se nos perdonará el tono escéptico de estas palabras. No significa para nada que descreamos de la educación, ni de la labor concertada entre países para forjar un mundo siquiera un poco más vivible y un poco menos amenazante, para los seres humanos, que éste del presente.

Leemos en el artículo 11 de la declaración la ratificación de uno de los históricos ODM: “Alcanzar plena alfabetización en todos los países de la región antes de 2015”. Pero nos preguntamos ¿qué clase de alfabetización? ¿la alfabetización entendida como dominio de los rudimentos de la lectura y escritura?

Hoy el alfabeto (el sujeto alfabetizado) de los sistemas educativos de la mayor parte del mundo es aquel que domina una segunda lengua, además de la materna. Pero en los países medianamente desarrollados, ya el alfabeto es un sujeto bilingüe que maneja, además, la tecnología y las herramientas informáticas. Y en los países completamente desarrollados, alfabeto es aquel individuo que lee y escribe en su lengua materna y en una segunda lengua, que domina las herramientas informáticas y que posee competencias científicas (es decir, que cuenta con algún saber científico-técnico específico).

Nuevas preguntas: ¿Vamos a esperar hasta 2015 para corregir ese paradigma de la alfabetización que venimos arrastrando desde el siglo XIX? ¿Cómo estará el mundo, este mundo vertiginoso del Facebook y de Wikileaks, para 2015?


Deshacer un lenguaje vago y confuso, que encubre las brechas y la desigualdad, ya sería un buen primer paso para ponernos en sintonía con el mundo actual.

El ministro no gana para sustos

“Malos resultados para la educación argentina en una evaluación internacional”, titula el diario Clarín una nota del martes 7 de diciembre. “En la prueba PISA realizada a alumnos de 15 años de 65 países, Argentina salió mejor que en 2006, pero quedó atrás de la mayoría de los países de la región que participaron”, completa. Lo que el tendencioso encabezamiento no aclara es que la Argentina ya venía detrás de Chile, de Uruguay, de México, de Colombia y Brasil desde el traumático comienzo de esta década.
Prestos salieron Eduardo Aragundi -subsecretario de Planeamiento Educativo de la Nación- y el mismo ministro Alberto Sileoni a resaltar que había habido un avance notable en el rubro “competencias de lectura” (uno de los tres que evalúa el PISA) a partir de 2006 y que en realidad todos los índices están mejorando, con respecto a los de aquel aciago 2001. Por otra parte, Sileoni cuestionó la metodología del Informe PISA y su aplicabilidad en el país: “la prueba PISA -declaró-, que trabaja sobre estudiantes de 15 años, no contempla que en Argentina hay once provincias donde hay chicos de esa edad que están cursando el nivel primario y hay otros que están en la educación de adultos y no en la escuela secundaria regular”
Justamente, el Informe PISA, en sus principios metodológicos, refrendados por los países adheridos, “examina a estudiantes de una determinada edad y no de un nivel escolar específico”. Además, para ese cometido, “no se mide el conocimiento escolar como tal, sino la capacidad de los estudiantes de poder entender y resolver problemas auténticos a partir de la aplicación de conocimientos de cada una de las áreas principales”.
Pero la mayor incoherencia de todo esto es haber adherido a la evaluación global educativa reflejada en el Informe PISA, haber aceptado un período de prueba (2007/2008) y haber aceptado la evaluación de 2009 para luego decir por boca de un ministro que no estamos conformes con la metodología o peor aún: que nos molestan los resultados.

Entre la foto y la película

La fotografía fue una gran invento que revolucionó la percepción y el registro de lo real a fines del siglo XIX. Pero el cine, nacido a principios del siglo XX, superó a la fotografía en ese aspecto, ya que capturó la realidad en movimiento. Luego, llegaron la foto en colores, el cine en tecnicolor, el registro digital y por último esas insomnes webcams que hoy registran y reproducen en tiempo real millones de situaciones reales alrededor del mundo. No obstante, hay un concepto que se mantiene: la foto es un momento preciso, efímero, de alguna realidad. Y la película tiene la chance de mostrarnos la serie, es decir, esa secuencia de momentos que nos revela una realidad mayor (o si se quiere, una verdad).

Cuando hablamos de la Educación pública, para utilizar una metáfora ferroviaria, hablamos del furgón de cola de una formación que incluye la política, la economía, las modas, las tendencias y el mismo desarrollo de la sociedad. Por eso suele decirse, en el ámbito docente, que la educación es la última que entra en una crisis; pero también es la última en salir de esa crisis. Y por eso los cambios educativos exitosos son los cambios y las políticas sostenidos en el tiempo, que involucran a generaciones enteras.

Finlandia es actualmente, lejos, la vanguardia en la transfromación educativa mundial, a juzgar por sus reesultados en la evaluación PISA (es decir, por el puntaje promedio alcanzado en las áreas de lectura, matemáticas y ciencia).

La Argentina, con gran esfuerzo, gracias a la aplicación de la ley de financiamiento educativo, ha invertido en ella un 6% de su PBI, en los últimos seis o siete años, que han servido para pagar salarios docentes, más que nada, y también para mejorar el equipamiento y la infraestructura escolar (en ese sentido, lo que ayudó fue el gran aumento del PBI, fruto del salto en la tecnología agrícola y del alza del precio de los commodities).
Finlandia dedica a la Educación, desde hace casi dos décadas, un 30% de su PBI. Entonces, los resultados de Finlandia, esa foto de Finlandia que humilla a muchos otros países, incluso de Europa, es el resultado de la película finlandesa (es decir, de su política de Estado) en relación con la Educación.

Hay varias asignaturas pendientes en la educación argentina. Una de ellas es la formación y calificación de los planteles docentes, en los distintos niveles. Otra es la generación de contenidos propios y coherentes para las formidables medios y redes de comunicación hoy disponibles.

El programa “Conectar Igualdad” del gobierno nacional, que tiene sus equivalentes en distintos programas provinciales, se propone brindar la herramienta informática a millones de niños y adolescentes en edad escolar.
Sin embargo, no se advierte un esfuerzo proporcional, por parte del Estado, en la formación integral de los maestros y alumnos, que son quienes deben usar esas herramientas y poner los nuevos contenidos en circulación.

Capítulo aparte merece la evaluación del contexto social y económico en el que se juega cada propuesta educativa. De nada vale suscribir en la Cumbre de Mar del Plata un punto que diga “disminuir las desigualdades educativas en materia de acceso y calidad de la educación en todos sus niveles (…) atendiendo al derecho a la igualdad de género, las diferencias culturales, minorías étnicas, poblaciones originarias, pueblos indígenas” cuando al mismo tiempo, en la provincia de Formosa, a los niños Qom y a sus familias se les niega la tierra, se les niega la lumbre y el pan, se los expulsa y se los asesina.

Los ministros y funcionarios del Estado, sin creerse que son estadistas ni tampoco que son soldados de algún gobierno, deberían limitarse a defender los principios morales de la labor educativa, desde una perspectiva que sea a la vez nacional, latinoamericana y universal. Y tendrían que estar más atentos a la película social, a la película histórica y a esa película por momentos desgarrante, que aún no ha terminado, de la educación de las nuevas generaciones.

Edición: 1911

Recién editado

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