Por Claudia Rafael 

(APe).- Iustitia. Mujer impasible. De rostro grave y balanza en la mano izquierda. Diosa romana que vislumbraba rectitud, equilibrio y justeza. Que guiaba los rumbos de la Roma antigua acompañada de un león que emanaba la fuerza. Señora temible que hoy, a siglos luz, mueve sus pasos serpenteando su temible ferocidad entre los márgenes.

La justicia ha sido concebida a lo largo de la historia como una de las herramientas más impecables para el abordaje del control social. A abismos de distancia de aquellas definiciones jurídicas que la ubican como el camino de la armonía, no hay demasiados engaños para su aceitado funcionamiento. Responde -diría Stanley Cohen- a las visiones que se tienen del orden social y de la sociedad en el imaginario de la burguesía durante la Modernidad.

 

Cómo no contraponer ciertas historias de nuestro tiempo -la de los pibes entrampados en las miserias, la de los vulnerados de toda dignidad, la de los rebeldes que alzan su grito ante la inequidad- con aquella vieja idea de la herramienta penal como marca disciplinaria. Como amenaza atroz. Saltar ciertos hilos delgados hacia los territorios que abren conciencias, rebelarse ante lo férreamente establecido o querer escapar de todo universo opresor a riesgo de devastar el cerebro comporta cargar sobre los propios hombros con lo que los hombres del derecho llamarían todo el peso de la ley.

La Justicia Penal Juvenil de La Plata dictó prisión preventiva de seis meses a dos chicos de 16 años dispuestos a olvidar, buscadores tercos de algún elixir capaz de sustraerlos de un mundo hostil al que los arrojaron como se arrojan a la arena a los esclavos que de una u otra manera serán devorados por los leones.

La jueza de Garantías María José Lezcano otorgó la medida pedida por la fiscal Silvia Pérez por ser coautores “robo calificado” de una botella de vino que costaba 7 pesos.

La justicia se mueve velozmente a veces. Estira su brazo y devora sin piedad mientras otras tantas se distrae en su propia mesa de manjares y se dedica a archivar expedientes. Los dos pibes cuidan autos en la zona de Plaza San Martín. Aquel martes 23 de noviembre entraron al mercado Aníbal, el mismo de siempre. No les alcanzaban las monedas que eran su breve pasaporte para volar a otros cielos más placenteros que la hostilidad de los días. Dice la crónica de Página 12 que dos matones del negocio los vieron y sacaron sus armas. Ellos levantaron un trozo de vidrio con una mano. Arrojaron su manojo de monedas al piso y se aferraron fuerte a la botella en una carrera feroz de diez metros. Apenas diez metros. Los esperaba la Patrulla Policial Juvenil creada para frenar el crecimiento delictivo en la región que –según estadísticas oficiales- ubica sus mayores porcentajes en casos de resistencia a la autoridad, daño o amenaza y no en los hechos delictivos graves. Los cargaron con una celeridad pasmosa y a los golpes -cuenta la crónica- y los llevaron a la comisaría.

Su cotidianeidad está marcada desde hace tanto que ya ni recuerdan. Quizás desde antes aún de que lanzaran su primer vagido torpe al mundo. “Siempre vivieron en la calle, muy dejados por su familia. Tienen como treinta entradas en la comisaría, todas por estar en la calle, ninguna por un delito”, sigue el relato periodístico.

La jueza Lezcano fue tajante: "resulta procedente la medida privativa de la libertad, en atención a la violencia desplegada en el hecho por lo sujetos como así también por la actitud desplegada por uno de los menores que se negó a identificarse ante la Policía".

El rompecabezas de los días de esos pibes-trapitos, pibes-abandono, pibes-olvido se fue cocinando pieza por pieza a lo largo de décadas. Con otras historias en las que no siempre hubo “violencia desplegada en el hecho” sino movimientos de una violencia expansiva capaz de destruir toda la geografía y los tiempos.

Historias ante las que la señora Iustitia se distrajo. ¿Acaso hay culpables, juicios o fallos condenatorios para los pagadores y los cobradores de sobornos cuando el país quedó hundido en leyes que flexibilizaron los contratos de trabajo y hundieron a millones en el desempleo? A nueve años nadie recibió prisión preventiva ni de seis meses, ni de dos años, ni de diez. No hubo juicio. No hubo condenados.

Sí los hubo, en cambio en la causa de administración fraudulenta en perjuicio de la administración pública, el cobro de coimas de funcionarios y pago de sobornos en la causa IBM-Banco Nación. En un juicio abreviado, los siete imputados reconocieron su participación y fueron penados a tres años y dos años y tres meses de prisión en suspenso. Apenas escaso margen más del que la jueza de Garantías les dio a los dos pibes.

¿Acaso hubo veredictos de culpabilidad y prisión para los que entregaron las riquezas más profundas de un país destellante de opulencias en los campos y en los caminos? ¿Los hubo para quienes destruyeron el futuro y rompieron en mil pedazos la historia colectiva condenando -ellos sí condenaron- a los pibes a ganarse la vida como trapitos o como limpiavidrios y buscar sumergir un pedacito de sus tinieblas diarias en una botella o en una dosis de paco que les quema la cabeza? ¿Hubo pena de prisión para los que malvendieron el juego en que estaba zambullida la infancia y les marcaron un infierno gigante en la rayuela de sus vidas?

Los dos pibes, y tantos otros sobre los que las leyes de control social se lanzan, fueron condenados como Damiens aquel 2 de marzo de 1757 a “pública retractación ante la puerta principal de la Iglesia de París”. Llevados como él en carretas, desnudos de dignidad ante la intemperie de toda ternura, a librar una batalla en la que ya les marcaron el mañana o tal vez, directamente se lo arrebataron para siempre.


Edición: 1911

Recién editado

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