Por Claudia Rafael

(APe).- Aquella torta de mis diez tenía un Topo Gigio gigante en el medio con velitas de color rosa que lo rodeaban en un círculo no demasiado perfecto. Era toda de chocolate y a los costados, tenía confites de dos colores. Después, de grande, volví a verlo, cuando lo encontré tirado en la piecita del fondo de la casa de mis viejos y descubrí que no era más alto que mi mano. Pero para mí ese día era casi como un Topo Gigio de verdad. Era de ese plástico de antes, con colores estándar y olor añejo pero ante mis ojos era la maravilla más enorme.

 

Los viejos de aquellos niños que éramos entonces conocían el trabajo como lugar cotidiano. Ese paraíso que cansa, que llena de grasa, que asegura un salario exactamente cada 30 días o cada quincena y que premite caminar erguidos por la vida. Peso sobre peso iban ahorrando hasta construir la casita o incluso, comprar un Renault Gordini que mi papá lustraba con devoción.

La fiestita de cumpleaños representaba el placer de sentir que el mundo entero giraba en torno de uno. Romper desesperadamente el papel de los regalos, ese papel que a lo sumo, como gran modernidad podía tener cuadraditos o círculos pequeños, y descubrir un juguete o, para mi desilusión, una poco deseable colonia Polyana o la eterna ropa interior de algún pariente que olvidó su propia niñez.

El último boletín del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia, de la Universidad Católica Argentina (UCA) arrojó que en 2009 dos de cada diez niños y niñas entre uno y cuatro años no festejó su cumpleaños. Un dato aparentemente menor. Pero en el imaginario de los niños tiene el peso de las grandes cosas. De esos diez niños, durante todo 2009 hubo seis pequeños -en los territorios de la pobreza- a quienes tampoco se les leyeron cuentos ni narraron historias. Quizás sea tiempo de preguntarse cómo se construye la infancia.

Hubo seis chicos de los arrabales que jamás escucharon -y, por lo tanto, no lo saben- que en una cajita de fósforos se puede guardar un rayo de sol (pero hay que encerrarlo muy rápido, si no, se lo come la sombra). Un poco de copo de nieve, quizá una moneda de luna o los botones del traje del viento.

Tampoco supieron de aquella historia que la Mañana contó al Tiempo sobre el gato que se enamoró desgarradoramente y para siempre de la Golondrina Sinhá. Ni escucharon de la vida de Naricita y de su muñeca Emilia que empezó a hablar imparablemente el día en que el doctor le dio una píldora mágica. Y nadie les dijo que la vida se construye con los sueños y las palabras dulces y tiernas. Ni les contaron de un niño que sabía volar y que se le atrevía a todo y cuidadito con los niños que se atreven a ir más allá de lo establecido porque son capaces de ver más allá de los espejos. Más allá de los telones y de las cortinas. De saber todo aquello que no hay que saber. Son niños que sueñan. Que se rebelan. Niños alados y peligrosos.

Seis de cada diez crecen más allá de las fronteras de una vida con derechos sin saber que existe un cuento en el que un árbol gigante les hace cosquillas en la panza a los cachorros y se ríen hasta que duele. Un cuento en el que nadie olvida que ese día un niño cumple años. En el que todos le cantan y soplan las velitas con él y lo aplauden. Un cuento donde por un ratito nadie lo olvida. Un cuento donde es el protagonista. Un cuento que no fue escrito y que todavía, en alguna esquina cualquiera, nos está esperando.


Edición: 1992

Recién editado

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