Por Claudia Rafael y Silvana Melo

(APe).- Piel frágil, creciendo, de poros abiertos, de sueños chiquitos hechos a mano, amasados en barro de calle cortada. Lo sacaron blanco como un papel. No tenía fuerzas para recoger ni los huevos más pequeños ya. Cáncer, dijeron. Terapia Intensiva. Abogados. Un cuerpecito de siete años plagado de veneno. Que entró como hormigas por la piel frágil, de poros abiertos. Sometido a servidumbre. Hospital. Denuncia. “No recibió ningún tipo de tratamiento oncológico, por negativa de la empresa, cuando ya se le había detectado la enfermedad”. Esclavo del tercer milenio.

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Por Alfredo Grande 

 

(APe).- “Cuando empieza el luto” es una obra de teatro de mi padre, cuyo seudónimo como autor era Juan Carlos Ferrari. El luto se sabe cuando empieza, pero se ignora cuando termina. Hay lutos que se despliegan en tiempos y espacios determinados, y en algún momento permiten al menos una cuenta nueva sin borrón. Hay otros que prolongados mas allá del bien y del mal, sostienen la pesadilla de los vivos que ya nunca dispondrán de su libertad ni de su alegría. La muerte de Néstor Kirchner nos ha dejado una Argentina Culpable. En los dos registros en los cuales la culpa se procesa: lo persecutorio y lo melancólico.

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Por Oscar Taffetani

(APe).- Alguien puso un retrato de José Hernández en el muro de sus amigos, esta mañana. Fue para recordar que el 10 de noviembre, en la Argentina, es el Día de la Tradición. Google está muy ocupado con las efemérides globales y por eso no pudo reflejar algo tan particular en su logo, este año. Tal vez lo haga el año próximo. Porque Google no para de aprender -aún de sus errores- y ése es un rasgo importante del capitalismo.

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Por Claudia Rafael

(APe).- “La Protestaaaa”, “La Repúblicaaaa”, diarioooo voceaba el gurrumín de pelo revuelto y dientes separados, con las dos paletas de conejo y las pecas portadoras de pura infancia. Con la gorra ladeada y el pilón de periódicos bajo el brazo que calentaban un poco apenas en las noches de frío intenso de las viejas calles de empedrado de los tiempos del virrey Arredondo. Eran “la semilla de la discordia”, como enmascaró el diputado Luis Agote hacia 1919 cuando propuso sacarlos de la vida callejera como a sus hermanos lustrabotas, vendedores ambulantes, mandaderos o pibes de los inquilinatos.

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Por Silvana Melo

(APe).- Dice la leyenda que un hombre tan viejo como pobre abrigó en su choza a un peregrino hambriento y entre los dos mordisquearon el único pan, solitario, sobre la mesa. El viajero era Tupá. “Porque tuve hambre y me diste de comer”, le habrá dicho el dios guaraní, que no era Cristo pero compartían dones. Y a cambio le regaló una planta que sería “calmante de la sed, compañía para las horas de soledad y generoso tributo para las visitas”. Era la caá.

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