Por Sandra Russo

(APE).- El Departamento entrerriano de Feliciano concentra tanta desdicha y desesperanza que, por sí mismo, podría hablar. El departamento de Feliciano podría salir al encuentro, en cualquier momento, de todos quienes aplauden la marcha de la economía y celebran los números oficiales.

El departamento entrerriano de Feliciano, con su índice de pobreza, que oscila entre el 60 y el 68 por ciento de su población, podría funcionar como un ayuda-memoria que nos recuerde que la torta es más grande, que hubo mejoras para la clase media pero que la torta sigue en las manos de siempre y que hay bolsones, enormes bolsones de territorio y población a los que todavía no les llegaron buenas noticias sobre el país.

Los habitantes de Feliciano, unas catorce mil almas (¿los pobres tenían alma?), se reparten los empleos disponibles: hay empleados públicos, pequeños productores, comerciantes… y los demás son subocupados o desocupados.

En el norte de Feliciano, la situación de los pastores generó, a través de los años, una sociedad acostumbrada a aceptar al poder de turno porque es apoyándolo y solamente así como pueden sobrevivir. De la misma manera que en el interior del país se reproducen hasta el infinito los lugares en los que el siglo XXI queda muy lejos y las prácticas semi feudales impiden con su sola existencia la llegada de la democracia, en Feliciano la pobreza está tan extendida que se ha ido desgastando la queja y el reclamo: la pobreza estructural se caracteriza por eso. Los que protestan son aquellos con alguna noción de que las cosas podrían ser de otro modo. Los que nacieron pobres y de padres pobres aceptan cualquier trato que les permita seguir viviendo. Para criticarlos, uno debería haber pasado por la misma desesperación.

Y es que en el norte de Entre Ríos, una provincia al parecer oficialmente preocupada por el medio ambiente pero con altísimos índices de pobreza y desnutrición, no hay educación, no hay créditos, no hay fuentes de trabajo, no hay planes asistenciales desprendidos del clientelismo político, no hay programas para promover pequeños emprendimientos, en fin, no hay casi nada. Sólo gente pobre.

Federación, San Jaime de la Frontera y Conquistadores son algunas de las localidades que comparten las penurias de Feliciano. Si se juntaran como sus coprovincianos de Gualeguachú para reclamar no el respeto por el medio ambiente, sino el más elemental aún respeto por la vida humana, Feliciano podría estar en los diarios. Pero no está y a nadie le importa, porque la pobreza estructural no tiene reflejos, no tiene defensas, no tiene ideales, no tiene consciencia, en fin, de que la sola existencia de un lugar como Feliciano es un atropello a todos los derechos humanos básicos.

Fuente de datos: Periódico Análisis de la Actualidad - Entre Ríos 18-01-07

 

 

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