Por Oscar Taffetani

(APE).- En la Brousse africana se titula un casi secreto diario de viaje escrito por el joven estudiante argentino Emilio Grether, quien junto con el funcionario municipal José Cinaghi viajó en 1920 al continente negro y recorrió la ancha sabana que se extiende al sur del Sahara -por entonces, territorio colonial francés- para comprar parejas de animales exóticos con destino al Zoológico de Buenos Aires.

 

Las descripciones de Grether sobre lo que vio allí, no necesitan comentario ni interpretación, sólo hay que transcribirlas:

“En Konakry (...) no hay carros ni coches. Los caballos mueren todos picados por la mosca tsé-tsé, que les inocula el tripanosoma dimorfum (...) Para favorecer el transporte de cargas, por todas las calles corren vías de unas zorras que son empujadas por negros. Además, son notables los push -canastitas tiradas por un negro- idénticas a esos vehículos japoneses...”

“Antes de almorzar en el Grand Hotel Dubox, vi una notable ejecución: cuatro o cinco canillitas negros estaban haciendo bochinche en la calle; como esto parece prohibido, fueron corridos y agarrados por vigilantes del mismo color (...) apretándoles la garganta, los regalaban con puntapiés y chicotazos. Debo decir que me repugnó mucho esta brutalidad...”

“Desde hace miles de generaciones los negros han llevado grandes pesos sobre la cabeza (sic), lo que hizo que el cráneo de un negro sea más del doble de grueso que el de un blanco (sic). En Konakry, un tipo cargó con mi baúl, de 145 kilos, sobre la cabeza. Creí que el cráneo se le hundiría, pero no sintió absolutamente nada...”

Tal vez la observación más impresionante de Grether sea la que hizo desde el vapor Adrar, que lo llevó hacia isla Tombo y otras del golfo de Guinea. Cuenta que en una de esas islas un instituto francés (el Pasteur o el Mérieux) realizaba experimentos con el bacilo de la tuberculosis, para desarrollar una vacuna, y que por eso no era conveniente atracar, ya que toda la población nativa estaba apestada.

El Diario de Grether, que alguna vez tuvimos oportunidad de leer y analizar, revela con cierta inocencia lo que era, a principios del siglo XX, la continuación del genocidio consumado por Europa en el continente africano, comenzado en tiempos de la llamada “exploración” y de la infame trata de negros, durante los siglos XVII, XVIII y XIX.


Un crimen bien documentado

En su estudio Saqueo en África, de 1979, el relator de la ONU Jean Ziegler dispara sin eufemismos estadísticas que nos dan una idea de la magnitud del crimen cometido por Europa.

Dice, por ejemplo, que África, siendo el segundo continente del planeta en extensión (30 millones de kilómetros cuadrados) ha sido históricamente, desde su “descubrimiento” por Europa, el continente del hambre.

Para cuando Ziegler realizó su estudio, la expectativa de vida promedio era de 42 años, y África tenía la tasa de mortalidad infantil más elevada del mundo: 137 por cada 1.000 nacimientos, en el primer año de vida. Actualmente, según estadísticas de la OMS y la ONU, el promedio mejoró hasta llegar a los 46 años, pero con un dato escalofriante: de no ser por el HIV-Sida, la expectativa de vida estaría hoy en 62 años.

El Sida -un refuerzo criminal del hambre, las enfermedades de la pobreza y la trata de negros- fue el último obsequio de la civilización occidental a un continente estragado por cinco siglos de saqueos, guerras civiles y un sistemático empobrecimiento.

África -nos dice Ziegler- es el más dividido de los cinco continentes. Tiene casi sesenta Estados diferentes (algunos, de la extensión de una pequeña provincia), fruto de las pujas de interés de las potencias imperialistas.

A su vez, es el reino de la inequidad. Hay petróleo en el Norte, por ejemplo, y mucho. Pero los países nordafricanos, aunque tienen mejores estándares que el resto, soportan dinastías feudales enriquecidas y pueblos muertos de hambre. Hay diamantes y minerales raros en el sur, pero el sur de África, además de ser la patria del apartheid (regalo del colono inglés), es la tierra de la mayor brecha entre ricos y pobres, un territorio donde el Sida, desde hace tres décadas, debilita y mata sistemáticamente al 20% de la población.

Casi 25 millones de personas vivían con HIV en todo el África, hacia fines de 2005, y el ritmo de nuevos contagiados, si bien bajó en algunos países, es actualmente de 2,7 millones por año. Más de 12 millones de chicos africanos son huérfanos a causa del HIV. La gran mayoría de la población con Sida tiene entre 15 y 49 años, hecho que hace retroceder la economía y cualquier intento de progreso social.

Acerca de la ayuda internacional, veamos el caso de Uganda, que aunque necesitaría recibir 150 millones de profilácticos para su población, sólo recibe el 25% de esa cantidad. Y en cuanto al AZT y los llamados ARV (anti retro virales), dice un informe de la OMS que sólo uno de cada cinco infectados los recibe.

Esta información contundente y sencilla (escalofriante, si no estuviéramos tan habituados a ella) contrasta con otra información, también contundente y sencilla, llegada del Viejo Mundo, que nos dice que ya prácticamente nadie muere de Sida en Europa ni en el hemisferio Norte.


El retrato de Dorian Gray

La crítica literaria suele interpretar la magnífica novela El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, como una recreación del mito de Narciso (que Ovidio incluye en su Metamorfosis) o bien del pacto fáustico (vender el alma al Diablo para lograr una suerte de eterna juventud).

Esa interpretación es precisa, pero luego de leer los libros de Ziegler y de examinar los duros datos que a diario nos arrojan los organismos internacionales, preferimos tomarlo como una metáfora más amplia sobre los crímenes que el viejo mundo perpetra en estos verdes continentes de la esperanza y de la pena.

África es un “retrato de Dorian Gray” de Europa, y de esa extensión de Europa que es el Norte desarrollado.

África conserva en su lienzo multicolor la huella de cada uno de los crímenes, el suspiro de cada pequeña criatura perdida.

Esa Europa radiante del Sida Cero no osa mirarse en el retrato que le devuelve la imagen de sus crímenes.

Llegado el caso, cargará con furia contra el espejo, como aquel desdichado Dorian Gray que imaginó Wilde. Y el resultado -como en la novela- será la verdad. La cruda, sangrienta y obstinada verdad, contra la que no hay defensa posible.

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