Por Oscar Taffetani

(APE).- “Las mujeres y los niños primero” es una frase asociada invariablemente con los naufragios. En Buenos Aires, Argentina, una estatua de la Costanera Sur homenajea al banquero Luis Viale. Cuenta la crónica que en la Nochebuena de 1871, durante el incendio del vapor América, Viale cedió su propio salvavidas a la señora Marcó del Pont, que estaba embarazada. El banquero no sobrevivió al naufragio y su acto generoso quedó en la historia.

Otro accidente en el que se pusieron a prueba los códigos y generosidad de los caballeros victorianos, fue el hundimiento del Titanic, en 1912. Allí hubo señores capaces de ceder su plaza en el bote salvavidas a mujeres y niños de tercera clase. Aunque, como sabemos, hubo otros incapaces de resignar, en una situación límite, sus privilegios.

La metáfora del naufragio -y los comportamientos humanos ante un naufragio- permite leer la Historia y extraer valiosas enseñanzas.

Permite, incluso, pensar en otra clase de naufragios que se dan en el tiempo, no como accidente ni como circunstancia, sino como ley.


Imágenes del corazón

Conocida es la pintura de Andrea Pellizza da Volpedo titulada “Fiumana” (por haber sido realizada en Fiume, hacia 1895) o también “El cuarto Estado” (por reflejar la unión del campesinado con los obreros y el proletariado de las ciudades).

El detalle más conmovedor de ese cuadro es la mujer que marcha al frente, con su bebé en brazos. Así eran las protestas proletarias hace más de un siglo, en Europa y América.

Ahora, detengámonos en una foto de la Patagonia argentina, circa 1918. Es la instantánea de una marcha del Primero de Mayo en Comodoro Rivadavia, por entonces territorio nacional de Chubut.

Quienes van adelante, son los niños. Niños trabajadores. Niños que ya conocían los rigores de talleres y galpones de esquila. Niños que ya conocían la intemperie.

“Viva la Federación Obrera Departamental”, leemos en la pancarta, de innegable impronta anarquista. Y luego “¡Abajo la burguesía!”, como una rúbrica de clase, una inconfundible señal de identidad.

Tal vez alguno de esos niños que vemos en la foto (la conjetura es dolorosa, pero hay que hacerla) haya caído tres años más tarde, durante las huelgas de la Patagonia y la feroz represión que la burguesía terrateniente encomendó al coronel Varela.


Hora de marchar

Hoy, ya no vivimos en aquel Novecento reflejado en la pintura de Pelliza da Volpedo. Ni en aquella Patagonia trágica que denunció José María Borrero en su libro.

Sin embargo, aquellos relatos, aquellas imágenes y testimonios, siguen teniendo -no es necesario dar detalles- una dramática actualidad.

Por eso, este Primero de Mayo de 2007, cuando el hambre, el desempleo y la intemperie golpean a las familias trabajadoras del país -empezando, justamente, por las mujeres y los niños- queremos evocar aquellas luchas, aquel coraje y aquella decisión proletaria de quienes nos precedieron.

Ni un Pibe menos. El Hambre es un crimen. Marchemos.

 

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