Por Alberto Morlachetti

(APE).- La dación de los hombres de sus derechos naturales a un ente llamado Estado para que proteja, otorgue bienestar y ame a sus gobernados no ha dejado de ser una suprema ironía. Si nos atrevemos -según pasan los años- a cuestionar el pacto social de la modernidad nos encontramos en los terrenos de la criminología ya que existe siempre la preocupación por la revuelta que pueda amenazar el orden de los propietarios. Según Hobbes somos lobos -decididamente feroces- que gracias al contrato social hemos devenido humanos.

La principal tarea del Estado sería cómo disciplinar a los carentes de fortuna o a los excluidos para que acepten como natural el infortunio que nacía en los orígenes mismos del pacto social. Locke lo dice con perturbadora claridad: “El fin esencial que persiguen los hombres que se unen para formar una República y se someten a un gobierno es la preservación de su propiedad”.

Harmand -en los tiempos de la Revolución Francesa- en la sesión de la Convención del 25 de abril de 1793 (citado por Robert Castel) manifestaba que después de haber conseguido la igualdad de derecho, el deseo más actual es el de la igualdad de hecho. “Digo más, digo que sin el deseo o la esperanza de esta igualdad de hecho, la igualdad de derecho no sería más que una ilusión cruel” en lugar de “los goces que ha prometido”. Pero Harmand advierte que el respeto sagrado a las heredades opone un obstáculo insuperable a “la porción más útil y más numerosa” -la de los trabajadores no propietarios- para la realización de ese deseo. Y añade: “¿Cómo podrían las instituciones sociales procurarle al hombre esta igualdad de hecho que la naturaleza le ha negado sin atacar las propiedades territoriales e industriales? ¿Cómo conseguirlo sin la ley agraria y el reparto de las fortunas?”. De eso se trataba. Parece que fue ayer.
-I-


Si bien la desnutrición es una epidemia y el hambre no deja de ser un azote la ilusión sustituye a la realidad. Parafraseando a Foucault, la escasez como flagelo desaparece en el imaginario, pero la penuria que hace morir a los individuos no sólo no desaparece sino que no debe desaparecer. Bastaría echarnos una mirada, pero hemos sido adiestrados para no vernos.

Domiciliados en la última penuria, quizás -como dice Pavarini- “el delito es el ejercicio de una libertad o un modo de ejercitar una cierta libertad a la que se había renunciado contractualmente”. Ya que ciertas poblaciones “absolutamente inferiores e inadaptables -dirá Ingenieros en 1904 en el tiempo circular- su protección sólo es admisible para asegurarles una extinción dulce”.

En la Comisaría de Orán -Provincia de Salta- el miércoles 25 de octubre, a la hora del almuerzo, Germán Luis y Fermín Flores ambos de 17 años, Daniel Mendoza de 16 y Abraham Guzmán de 15 años, murieron quemados, asesinados: peste del pecho es la tristeza. Los ojos ciegos del contrato social que supimos conseguir. Que habla de protecciones, privilegio o bellezas de nuestros niños hasta declararlos inútiles por pobrezas originarias o adquiridas.
-II-


Ni un color más, ni un color menos dice el Ministro y en la nueva ley de educación -a punto de caramelo- el secundario pasa a ser obligatorio tan natural como un ornitorrinco en mi terraza, para que suene a ladrido, a brasa, a pan. Pero el ladrido no está hecho de perro porque no hay un maldito pezón de caldo.

Es la hora de la verdad o si se quiere de la resignación ante la realidad. Nuestra naturaleza es decididamente capitalista y traduce una jodida condición humana que no puede percibir la miseria de nuestros niños o el asesinato de los pibes y eso que “ocurrió en mi barrio”.

Políticos, cronistas y hasta educadores han hecho de la mutación un dogma y van de una punta de la península humana a la otra. De existencias revolucionarias efímeras a reformadores sociales. Identidades que se construyeron sobre la derrota de nuestros sueños. Tratando lastimosamente de explicar los daños colaterales, los demonios de la exclusión, las muertes planificadas o “el hambre que no te entendí”.

 

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