Por Silvana Melo
  (APe).- ¿Qué tumor sistémico se expande por las arterias sociales como la sangre aluvional? ¿Qué dentadura feroz se alimenta de niñas y a los 13 las considera enteras como para hacerlas víctimas de la apropiación de su cuerpo con cuatro puñaladas en la espalda? ¿Qué no se perdona a las mujeres chiquitas para ir a matarlas cuando son chiquitas y recién asoman a un mundo que las espera como boca de lobo, con los colmillos a su yugular? ¿Qué construcción social determina que una nena de 13 debe asumir la obediencia a un patriarca de 16 que asegura haberle escriturado ese presente que le disputa? ¿Qué esquinas no se habrán visto, qué recodos no se descubrieron, qué ochavas están tan oscuras como para no advertir, nadie vecino, nadie estado, nadie del mundo lindante, que una nena de 13 iba a sangrar para siempre aunque esté entubada tratando de parar la sangre apenas en su espalda? ¿Qué no percibieron de un chico de 16, fruto fresco del genoma social, que pudo estar desesperado por la pérdida de su objeto esa tarde de San Martín y Leyría en Azul? ¿Qué nadie vio?

Para que esa tarde del martes 17 de noviembre de 2020 un adolescente de 16 quisiera sacrificar a quien consideraba su pertenencia. Que se había tomado la libertad de no querer estar con él. Como una osadía que los objetos no asumen.

Ella intenta sobrevivir en el Hospital Materno Infantil Argentina Diego. El cayó en el infierno del Instituto de Menores Leopoldo Lugones.

Los dos son una ampolla afiebrada en la piel de la sociedad. El futuro en la hoguera.

Edición: 4120

 

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