Por Ignacio Pizzo
    (APe).- Cabe preguntar, ¿Qué le digo a J. De 15 años, que acaba de contraer dengue?. Se confirmó su sospecha diagnóstica. ¿Acaso deba prescribirle paracetamol y aconsejar el uso de repelente? Quizá deba advertirle que nació pobre y que pertenece a una tercera generación que carga en sus espaldas el yunque de un sistema donde otros se quedan con su parte. Tal vez deba indicarle que no acumule agua, para tratar de eliminar los criaderos de Aedes Aegipty, con un detalle: su casa queda a la vera del Riachuelo, su techo le permite mirar las estrellas o las nubes mientras cumple el reposo prescripto por la ciencia.

Mientras el agua escasea y el plan estatal de urbanización sigue reposando en el cajón de la oficina, le indicamos deshacerse de sus cacharros, pero no le permitimos deshacerse de su pobreza, condición material primordial, para el dominio de su vida. Cumpliremos con la normativa ministerial y haremos el rastreo de foco, para detectar más casos de una enfermedad tropical que ahora acecha en Buenos Aires, y no nos sorprende. Repartiremos folletos, con recomendaciones que no hacen otra cosa que hacer culpables a las familias de su enfermedad.

Quizá deba decirle que pertenece a una parte de ese más de cincuenta por ciento de la población infanto-juvenil que, según datos estadísticos del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, está en situación de pobreza. O explicarle que le tocó ser víctima de una enfermedad vectorial, cuya mayor proporción se encuentra en el sur de la ciudad capital sin que tampoco nos sorprenda.

Podríamos citar otro ejemplo de un invierno dejado atrás y tomar el caso de H. de un año de vida. Concurrió a control en la unidad sanitaria. Su madre refirió que la niña estuvo internada en el Hospital Elizalde, ex Casa-Cuna. Allí precisamente, fue tratada porque sufrió una intoxicación con monóxido de carbono.

En tiempos del frío la calefacción no abunda en el barrio del olvido, y para pasar el frío las brasas del brasero encendido hicieron su combustión y el oxígeno se consumió. H. debió ser tratada con cámara hiperbárica, la última instancia del tratamiento, cuando ya el monóxido no puede ser extraído del cuerpo con una simple máscara de oxígeno. Pese a que el brasero estaba en un balconcito afuera de la casa, eso no impidió la entrada del gas que irónicamente produce lo que se conoce como “muerte dulce”.

Las casitas se agrupan como nichos y se edifica como se puede, mientras la urbanización de la miseria sigue siendo un espectro que aparece cuando se lo invoca en tiempos electorales.

Por último a N. y a su madre no se le puede dar respuesta desde el estado, entonces el estado perpetúa la desgracia y la propicia. La desgracia del llamado abuso sexual intrafamiliar, que representa la extirpación de la infancia de N. que, con 4 años, antes fue abusada por ese estado que otorga dinero donde otorga política. Enrejar las plazas, romper veredas, delinear pistas de running en Palermo y aledaños y generar las condiciones para el extractivismo urbano por medio de emprendimientos inmobiliarios, son prioridad cosmética.

La ecuación cierra porque es entonces cuando saca plata de la casucha de N. donde el hombre que es la nueva pareja de su madre con su alcoholemia ya indosable y su machismo heredado, ejerce la más cruel expresión de la violencia.

La madre acude a los profesionales de esa institución barrial desde la cual se hace la debida presentación formal ante la defensoría del menor. Sin embargo uno de los profesionales debió ser trasladado a otra dependencia por amenazas del abusador, el “poronga” del barrio, como se dice en la jerga, protegido por el poder estatal que también pone la plata en la cintura del policía que mira desde la esquina cómo se despachan dosis de paco para la muerte por goteo de los pibes que sobrevivieron al extractivismo infantil y se convirtieron en adolescentes.

Sin embargo tiene orden de tirar y después preguntar al mismo adolescente que adquirió su dosis que mitiga la tristeza y las pesadillas vividas.

Si pone la plata allí, entonces la saca del centro de salud, del hospital, de los centros de ayudas a víctimas de violencia, de abusos sexuales, que vuelven vivir los abusos y las violencias re victimización mediante.

La desigualdad entró en el blanqueo, la atención del proceso salud-enfermedad no se quedó atrás, la cobertura estatal para pobres, residual y desmadrada, drena su material purulento de tanto en tanto. La estratificación piramidal e impiadosa del sistema de obras sociales y prepagas alimenta la ley del gallinero, y así el capitalismo se come al capitalismo.

La vida pasó a ser un bien de consumo, y por lo tanto muere quien no tiene. Convertirse en humano pareciera equivaler a exhibirse ostentosamente en una vitrina de obscenidad. Así lo entienden los socios del poder que actúan la grieta, tanto los que gobernaron como los que gobiernan.

Mientras tanto las filas de pacientes, vale decir, de seres humanos devenidos en excedente demográfico, perforan la madrugada para mendigar un turno en la búsqueda de la atención médica del resfrío, para la receta de un remedio para la hipertensión, para mitigar los síntomas de la artrosis, para buscar abrazos negados o simplemente para eludir el infierno de un hogar sin paredes.

Les diré entonces a los y las pacientes que como colectivo sociocultural somos responsables de perder la combinatoria. Con ellos y ellas aprenderemos que no son casos clínicos, sino sobrevivientes en etapa de resistencia, repletos de verdad histórica.

Tendremos entonces que acudir al abrazo de uno en uno como cimiento para edificar una sociabilidad compatible con la vida. Habrá que elevar sus historias clínicas como pancartas, no para ser presentadas en un ateneo de momias con guardapolvo, sino para llenarlas de contenido.

Sin panfleto atrapa votos, sin la caridad de una iglesia pedófila, sin la filantropía a bajo costo de un empresario buena onda.

Las entrevistas entonces se convertirán en retazos de la pedagogía de la ternura.

Edición: 3788

 

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