Hojita en el viento
Publicado: Martes, 09 Agosto 2022 14:37
Hojita en el viento

Por Silvana Melo  (APe).- En la fría mañana de 12 de Octubre a metros de Mitre, a pocas cuadras del Puente Pueyrredón donde se acumulan de a decenas de miles los que no tienen nada para hacerse visibles, había dos piernas pequeñas que sobresalían del contenedor municipal. Pantalones rojos desteñidos y zapatillas blancuzcas era lo que mostraba la mitad de ese cuerpo. Su cabeza estaría monitoreando como un radar eficiente los restos de alimentos entre la basura de los demás. Su cabeza entre restos de yerba, salsa, botellas rotas, el monstruo bacteriano y cortante que acecha en la oscuridad de esa habitación no tan extraña. Tres niños como él de cada diez comen muy mal y eso repercute en la formación de sus cuerpitos que crecen desparejos de los otros niños. Con menos fuerzas, con menos desarrollo cognitivo, con menos herramientas para disputarle espacios a un mundo que los desecha. Un quince por ciento pasa hambre. Mientras la agroindustria produce valioso forraje para los países desarrollados y alimento con agrotóxicos para la gente de adentro. A metros de Mitre, la salida para el Puente Pueyrredón y para la historia misma de los condenados de este país, el contenedor de basura sostiene por las piernas a un niño que no soporta el esfuerzo y cae hacia adentro. Su padre vigila desde afuera y lo anima. Buscá buscá. La mitad del país utiliza la salud pública. La totalidad de los más pobres. Los hospitales colapsan en invierno. Gripes, bronquiolitis, omicron, neumonías. Dientes y huesos con poco calcio. Sueños con poco hierro. Pandemias y endemias de esta tierra. Donde los niños corren el peligro de la fragilidad de origen. Son hojitas al viento, repite una dirigente social. La mitad de la pobreza vive en hacinamiento. Niños como el que busca en el contenedor comparten colchón con pares o adultos. La promiscuidad del espacio, de los cuerpos, es vecina del abuso, de la sexualidad abigarrada y lacerante. El contenedor de 12 de Octubre a metros de Mitre es casi una habitación íntima para el niño de pantalones rojos desvaídos. Siete de cada diez niños de las vecindades son como él. Carecen de las mejores cosas. Les sobran las más penosas. A la mitad nunca le contaron un cuento, a dos de cada diez nunca le festejaron el cumple. Cuatro de cada diez sufren malos tratos. En su casa, en la calle, en la vida misma. Buscá buscá. Al niño no se le ve la cara. Su cabeza, como un radar especializado, busca en la oscuridad lo que tira la gente del centro. Habrá alguna naranja podrida a medias, una sobra de torta de cumpleaños, unos fideos mezclados con restos de los propios cuerpos que habitan los edificios y las casas con garaje. El tiene los dedos amaestrados y desactiva la nariz cuando entra. A veces se queda un rato en esa oscuridad bendita. En esa soledad imposible. Hasta que el padre lo deshabilita. Buscá buscá. Y hay que salir porque en algún momento del día se come. Y la mesa depende de él. Hojita en el viento. Vela en el temporal. Los datos pertenecen al informe "Condiciones de vida y desarrollo de la Infancia” del Observador de la Deuda Social de la Infancia de la UCA La foto que acompaña la nota es ilustrativa Edición: 4160    

La última sonrisa de Lucas
Publicado: Miércoles, 03 Agosto 2022 14:18
La última sonrisa de Lucas

Por Claudia Abraham (APe).- La campana suena puntual y tirana a las 9:45 en señal de que terminó el primer recreo. Los chicos se van acercando para encontrarse con sus maestras e ingresar a las aulas, pero siempre queda un grupito de rezagados que tratan de estirar un poquito más los minutos para embocar la pelota en el arco, que a veces es el de verdad y en ocasiones son unas camperitas apiladas en el piso que indican que allí se para el arquero. - Clotis, esperame un minuto más que hago el último gol y te lo dedico a vos- me dice Lucas. Imposible resistirse al pedido de ese morocho hermoso con los pirinchitos engominados, que tal como describe uno de los directores técnicos que tuvo, corría detrás de los defensores hasta desgastarlos y terminaba arremetiendo con un certero gol. Lucas comenzó a jugar al fútbol a los cinco años en el club del Barrio 7 de septiembre. A los siete pasó a las infantiles de Rosario Central. A sus trece años soñaba con ser un jugador profesional y le prometía a su mamá que si alcanzaba ese objetivo, se iban a mudar de barrio porque en el EMAÚS cada día se hacía más difícil vivir en medio de tanta violencia. El viernes 29 de julio al mediodía nos cruzamos por última vez en el colectivo, cuando él regresaba de la escuela secundaria y yo completaba mi jornada en la Cayetano Silva, por donde él transitó desde la salita de cinco hasta séptimo grado. Fue la última sonrisa que recibí de Lucas. El lunes a la noche, a poquitos metros de su casa, una balacera terminó con su vida y con todos sus sueños, y yo siento que a mí también me arrancaron un pedazo de mi vida. Decime, Campeón, ¿cómo hacemos ahora para seguir sin vos? Edición: 4157

Sabrina contra el veneno
Publicado: Miércoles, 03 Agosto 2022 13:49
Sabrina contra el veneno

Por Silvana Melo(APe).- Sabrina Ortiz es un emblema de ese otro país desdeñado por el feudo mediático. Lleva en su cuerpo las consecuencias del agronegocio que mueve a la ciudad donde vive; esa fábrica de divisas que necesita el país pero que ha roto de a pedacitos su salud, la de su familia y la de tantos vecinos que ella fue descubriendo en timbreos desesperados que reemplazaron la acción del estado. Sabrina Ortiz tiene a sus hijos enfermos, perdió un embarazo, tuvo dos ACV y es consciente de que su organismo es una bomba de tiempo aleatoria activada por el veneno de la producción y la desidia del estado. Hay un pedazo de país, el que lucha desde abajo mordiendo los tobillos del poder, donde Sabrina es referencia. En el otro, el de los que ganan, es desairada, amenazada, ignorada. Ante el desprecio de las instituciones y sus dirigencias, estudió Derecho para defenderse y defender al desamparo vecino. Hace pocos días hizo una síntesis fatal de este tiempo en un espacio clave: un aula del Hospital Garrahan, que Mercedes “Meche” Méndez, enfermera de Cuidados Paliativos abre de tanto en tanto en sus Jornadas de Salud Socioambiental, para prenderle mechas al sistema. Para hablar en el centro de salud para la niñez de la infancia que se devoran los cánceres de la agroindustria. Donde van a escuchar los ávidos. Pero los responsables de la salud, los oncólogos, los infectólogos, los endocrinólogos, los neumonólogos, suelen plantar una ausencia que brama. Pero Meche Méndez insiste. Y quita las sábanas bajo la que se esconden los monstruos. A Sabrina el modelo productivo le fumiga frente a su casa. En Pergamino –que late al ritmo de la patria sojera- unas 70 empresas “lucran con el agronegocio donde Bayer Monsanto es la cabeza”, dice. “Donde estratégicamente se elabora esta colonización del pensamiento a nivel cultural al punto de creer que el campo con el modelo productivo actual nos va a quitar el hambre a todos”. Pero cuando los cuerpos empezaron a reaccionar ante el veneno, “nadie nos preguntaba en qué zona vivíamos o en qué forma nos alimentamos”. Once años y un embarazo En 2011 Sabrina Ortiz ya denunciaba los venenos frente a su casa. “Yo estaba embarazada de seis meses y producto de una fumigación perdí el embarazo”. A la vez, su hija mayor reaccionaba con problemas respiratorios cuando se fumigaba. Y empezó a enfermarse cada vez más. Después de un derrotero de consultorios, hospitales y estudios, “mi hija no podía caminar, estaba en silla de ruedas, no podía ir a la escuela. Le detectaron quistes en los huesos” y un tipo de osteomielitis muy poco común, “que no sabían cómo tratar”. Cuando tomaron conciencia de que vivían en una zona fumigada, “nos derivaron a Toxicología Ambiental en el hospital Austral de Pilar”. Encontraron un exceso de agroquímicos en los cuerpos de sus niños. Y desnudaron una realidad atroz: todos sus males provenían del sistema productivo y su desdén por la salud humana. “El cuerpo, nos dijeron, no sabía cómo solventar esa situación”. Cuando fumigaban “cerrábamos las ventanas y lo que fumigaban quedaba dentro”; cuando abrían, “entraba más”. Resultaba muy complicado, dice, “manejar eso a nivel de la psiquis”. Su hijo Ciro albergaba una concentración 120 veces mayor de agrotóxicos de lo que puede tolerar su cuerpo. Los dos chicos tuvieron que soportar tratamientos complejos en cuerpitos atravesados por los venenos. Sus hijos sufren daños genéticos: la genotoxicidad fue comprobada por los exámenes de la doctora en Ciencias Biológicas Delia Aiassa. Sabrina tiene en su cuerpo “sustancias neurotóxicas en altas concentraciones; tuve dos ACV y el neurólogo me aclaró que todo puede dispararse en cualquier momento. Es una bomba de tiempo”. Mira alrededor en el aula del Garrahan y nota la ausencia. “Este lugar debería estar lleno porque los médicos tienen la palabra autorizada en el tema. Yo puedo hablar como docente, como mamá, como abogada, por los trayectos recorridos durante la enfermedad de mis hijos. Pero nos ha faltado en Pergamino la voz de un facultativo que dijera ‘esto tiene que ver con los agrotóxicos’. Celebro entonces a los que están hoy acá y lamento que no esté el resto”. La ordenanza que crea un registro de tumores en Pergamino no se ha reglamentado. Es que las instituciones oficiales no parecen muy interesadas en conocer cuánto cáncer y de qué origen se produce en la ciudad. Por estas cosas Sabrina y varios vecinos salieron a golpear puertas y preguntar por la salud en cada casa. “En 8 manzanas de un barrio encontramos 53 casos de cáncer, entre ellos muchos niños. Y dentro de ese barrio, en el tanque central del agua que consumen los vecinos, 19 sustancias agrotóxicas. El 46 % se determinó como cancerígeno. Y el resto como disruptores endocrinos”. Sacrificio humano Sabrina Ortiz se planta ante un modelo “completamente destructivo” que necesita del sacrificio humano. Las víctimas “son siempre nuestros hijos y lo serán las generaciones futuras”. Mientras “pedimos una medida cautelar”, el Intendente “inaugura una planta de Bioceres”. Y crece la desazón cuando el mismo modelo pone en escenas maratones que recaudan fondos para un centro oncológico y los que corren “llevan la remera auspiciada por Bayer Monsanto”. O “cuando fumigan la escuela rural pero a la vez regalan el kit escolar o instalan el gas”. Todas fotos de “una perversidad que se ve en todos los ámbitos sociales”. Entonces, cuando el modelo feroz tocó a sus hijos, Sabrina empezó a “transitar una causa judicial”. En 2017 se recibió de abogada para defenderse y defender. Gracias a esa lucha la justicia federal vio. Vio las fumigaciones a metros de las casas y las escuelas. Vio las consecuencias en la salud humana. Entrevió los posibles orígenes de tanto cáncer inexplicable. Y en 2019, el juzgado federal de Primera Instancia en lo Criminal y Correccional Nº 2 de San Nicolás, a cargo del juez Villafuerte Ruzo, determinó la prohibición de fumigar a menos de 1.095 metros de cualquier emplazamiento urbano de Pergamino y a 3.000 metros si la pulverización se hace por aire. Sabrina llevaba como bandera los estudios genéticos de su familia para querellar. A la vez, tres productores rurales y dos funcionarios municipales fueron procesados por contaminación ambiental con riesgo de la salud humana y por incumplimiento de los deberes de funcionario público. “Como abogada represento a mis hijos y a la población de Pergamino”, dice Sabrina Ortiz en el aula reveladora del Garrahan. “Hay más de 70 historias clínicas en esta causa que muestran la salud afectada. Fallecieron muchos de los 53 casos de cáncer. Muchos que no alcanzaron a atenderse”. En Pergamino, como en tantos distritos diseminados por el mapa sojero del país, pocos médicos se atreven a firmar certificados con el origen de los cánceres. Pocos especialistas denuncian esta emergencia sanitaria en un modelo productivo donde piezas importantes de la sociedad lo son también del sistema. “Hace unos días una reconocida oncóloga de Pergamino habló en los medios sobre la cantidad de casos de cáncer, muchos de ellos en niños. Pero no se aclara que vivimos en un núcleo sojero. Que se usan más de 3.100.000 litros/kilos por año de agrotóxicos. No se habla del posible origen”. No se habla de un suelo, de un aire, de un agua asaltados y copados por los venenos de ese sistema biocida. “Consumimos la dosis de plato fumigado a diario. Eso es también una bomba de tiempo”. Amedrentamientos, atentados, amenazas, disparos en el frente de su casa, bidones vacíos de agrotóxicos en la puerta. A pesar de todo, Sabrina Ortiz decide seguir poniendo el cuerpo. Un cuerpo que es muestra clara de los daños no ya colaterales sino centrales de un sistema vertebral en la economía del país. “La salud no se negocia”, dice ella, convencida de que “no podemos quedarnos sentados esperando la muerte”. No está dispuesta a resignarse a “que los hijos de los hijos de nuestros hijos sigan sufriendo”. Por eso, cuando la Medicina, el Derecho y el propio estado, colonizados por el agronegocio, la dejaron tan sola, tuvo que “hacer justicia por lectura propia”. Y abrió esas puertas que parecían cerradas para siempre. Edición: 4156    

Lo que el cáncer se llevó
Publicado: Viernes, 29 Julio 2022 16:09
Lo que el cáncer se llevó

Por Alfredo Grande  (APe).- En alguno de mis momentos de extravío mental, dije o escribí, lo que es peor, que el cáncer de Evita fue Perón. Lo mismo que te da la vida, te regala una muerte monstruosa. La palabra “cáncer” fue tabú mucho tiempo. “Penosa enfermedad”, “terminal padecimiento”. Como médico puedo dar testimonio de los eufemismos utilizados para no decir la palabra maldita. La palabra que evoca lo siniestro es tan horrorosa como lo siniestro. Los sectores más reaccionarios en una alquimia malévola, glorificaron el cáncer que puso punto seguido a la abanderada de los humildes. “Cáncer” está asociado con lo irreparable, lo que no tiene vuelta atrás, lo que acelera cruelmente el desenlace de una obra que debería tener muchas más escenas. “Cáncer y muerte” es una siniestra pareja que aun en estos tiempos, sigue mortificando la mente de los vivos. Mercedes Mechi Mendez con ternura y talento nos comparte cómo se enfrentan los adioses que no deberían estar. “Aproximadamente dos meses de asistencia, seis años, hijo único, un tumor óseo que lo invadió sin piedad y en seis meses, primero se llevó uno de sus brazos y rápidamente todo lo demás”. Me permito forzar una metáfora, por la sencilla razón de que la racionalidad sentida, que describiera el filósofo León Rozitchner, no pocas veces le gana la pulseada a la racionalidad sabida. “Convénceme sin palabras, las palabras no me convencen más” escribió Antonio Porchia en sus inolvidables “Voces”. Escribir obliga a usar palabras, pero una colectora de las palabras es la metáfora. Donde cada palabra siempre alude a otra palabra, donde cada idea lleva a otra idea, donde cada concepto se prolonga a un infinito de significados. Niños y niñas que son cruelmente empobrecidos hasta superar los porcentajes de la población general. Niños y niñas que quedarán varados en la isla desierta de la educación primaria y secundaria. Niñas y niños que son la carne de cañón de la cultura represora que venera el lucro y desprecia el trabajo. Niñas y niños que padecen el cáncer político, económico, cultural de los des gobiernos palaciegos que siempre, siempre, siempre, matan con la derecha, aunque empiecen acariciando con la izquierda. A las decenas de miles de niñas y niños que padecen, aunque no lo sepan, pero me martiriza pensar que, si lo saben, una forma de cáncer crónico que con cinismo algunos llaman pobreza estructural. Los y las que publicitan los cambios y mejoras que nunca llegarán, son el cáncer político que habrá que extirpar antes que los dioses del mercado los devoren. Porque los devoran desde afuera, pero hace décadas que los devoran también desde adentro. Y a diferencia del mito de Cronos que devoraba a sus hijos (otra metáfora necesaria) hoy la Madre Tierra ya no puede protegerlos. Edición: 4154  

70 postales
Publicado: Martes, 26 Julio 2022 00:11
70 postales

Por Carlos del Frade (*) (APe).- Evita dijo la verdad. Dejó jirones de su vida y fue millones. Por eso su muerte nunca terminó de matarla. Tenía 33 años y pesaba 37 kilos. Su cuerpo fue secuestrado y desaparecido. Un signo repetido. Desde el 24 de marzo de 1976 al presente, seis de cada diez compañeras y compañeros desaparecidos tienen menos de 35 años; seis de cada diez personas desocupadas también tienen menos de 35 años y las imputadas de primeros delitos que pueblan las cárceles de las principales provincias argentinas, como Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Tucumán y Mendoza tienen hoy menos de 35 años. Triple 6, la marca de la bestia según el apocalipsis. En este caso, en los últimos cincuenta años, la bestia del sistema se traga a las muchachas y los muchachos que por razones biológicas y culturales tienen la necesidad de transformar la realidad. En las mazmorras del Servicio de Informaciones de la Policía de Santa Fe en Rosario, en los tiempos de Agustín Feced, las militantes montoneras eran torturadas y el propio ex integrante de la Gendarmería, propuesto para ser jefe de la Triple A nada menos que por el mismísimo José López Rega, se les reía cuando les gritaba si se habían creído que Evita era revolucionaria. Y en esos cuerpos marcados por el paso de la picana, las pibas sabían que sí, que para ellas no había duda de que Evita era revolucionaria y por eso, ahora, en ese momento de suplicio indescriptible, ellas, allí, en el Auschwitz rosarino, estaban dejando jirones de su vida porque efectivamente esa mujer, como escribió Walsh, ya era millones. Mi papá era un empleado bancario que en el año del Mundial fue echado como un perro del ex Monserrat. El telegrama de despido llegó el 24 de diciembre de 1977. Inolvidable Navidad. Juan Carlos lloraba a mares y desde entonces se le apagó la lucecita en los ojos y se prendía, ritualmente, el televisor aunque siempre tuve la sensación de que no miraba lo que miraba. Era un peronista conservador, de aquellos que Soriano retratara con lucidez cuando le hace decir a un empleado de Colonia Vela que siempre fue peronista, que nunca se metió en política. Pero mi mamá, la Pochi, era un cuerpo hecho bajo la forja de una sensibilidad y lucidez muy especiales. Soportó lo indecible en un matrimonio que la condenó a no ser ella misma. Sin embargo sabía reir y disfrutar hasta que el cerebro la acompañó. Ella era más evitista que peronista. Lo aprendí desde el amor, desde sentirla llorar en silencio en el fondo de la cocina mientras le acercaba un mate a su marido. Evita llegó a mi vida desde aquella cotidiana presencia del amor maternal y nunca más salió. Hace bien notar cómo el paso del tiempo también hace de Evita millones de relatos que van acompañando los nuevos protagonismos políticos como las hijas y los hijos de 2001 hoy encarnados en el feminismo y el ambientalismo, como ya fue apuntado. Ver a mis hijas juntas en las marchas con sus pañuelos verdes pelear con alegría por una sociedad con mayor igualdad y justicia social es algo maravilloso. Y ellas encuentran en Evita, dibujada y convertida en calcomanía con el pañuelo verde, también una compañera de sus luchas actuales aunque esto enfurezca a cientos que no pueden entender la tremenda plenitud de “esa mujer” que es capaz de reinventarse más allá de su historia tan corta y tan increíblemente fecunda. La Argentina es hoy una semicolonia y necesitamos más que nunca un nuevo proyecto que sea revolucionario y que construya soberanía intelectual, económica y ambiental para democratizar la felicidad. Hasta el último momento de nuestra vida vamos a estar peleando por la liberación y queriendo llegarle a miles de pibas y pibes que están educados para el olvido, el deprecio y la exacerbación del individualismo y el consumismo. Para ellas y para ellos, estas postales. Y también para las y los militantes que sobrevivieron al terrorismo de estado y siguen insistiendo. Edición: 4152(*) Postal 70, epílogo del libro que será presentado este martes 26 de julio en “La Popular”, Santa Fe y Santiago, en la ciudad de Rosario

Las Flores: la inhumanidad de la cárcel
Publicado: Lunes, 08 Agosto 2022 19:40
Las Flores: la inhumanidad de la cárcel

Por Carlos Del Frade    (APe).- Las colas a las puertas de las cárceles suelen repetir la postal: chicas muy jóvenes acompañadas de sus hijos e hijas que parecen ser más sus hermanitos. Antes de ingresar las bolsas con alimentos y algunas ropas, esas mismas pibas deben ser requisadas para luego dirigirse a los distintos pabellones donde las esperan sus compañeros. El coraje de las mujeres siempre está presente en estas geografías que tienen más de venganza que de justicia. El lugar es la cárcel de Las Flores, en la ciudad capital del segundo estado argentino, Santa Fe de la Vera Cruz. Allí no deberían ser más de mil personas las encarceladas, sin embargo hay casi trescientas más. Mucha gente presa pero los negocios del contrabando de armas y el narcotráfico sigue generando violencia sin límite en la provincia. No hay sinónimo alguno entre número de personas encarceladas y seguridad. En el pabellón de “resguardo”, hay veinticuatro huecos llamados calabozos individuales que, en realidad, son los sempiternos buzones, históricos lugares de tortura que atraviesan dictaduras y democracias, sin luz eléctrica, ni agua, ni retrete y colchones húmedos, donde los muchachos encerrados ni siquiera saben si tienen abogados. Cuando las puertas presentan el pabellón de los agresores sexuales, los pedidos se multiplican, desde la falta de atención médica al escaso y casi nulo lugar para recibir visitas. Las celdas son pequeños rectángulos en las que deben sobrevivir dos personas, al mismo tiempo que los cupos para lograr alguna changa suelen ser consecuencias de arreglos indefectiblemente oscuros y lejanos de cualquier racionalidad. -Todos estamos acá porque cometimos un delito. Nadie lo niega. Pero seguimos siendo personas – dicen los presos de diferentes edades. Es un mensaje que se repite entre los encerrados en los buzones, hasta los que habitan el pabellón de los ofensores sexuales como también en la cocina donde las condiciones de salubridad no están presentes y suelen grabarse en los brazos quemados de los que trabajan en los hornos que reciben un pago mensual de 1.200 pesos. También piden por algo más de lo que reciben por medio de una tarjeta, nada más que trescientos pesos por mes, al mismo tiempo que muchos de ellos están hace rato sin recibir novedades de sus causas judiciales. Hasta reclaman por practicar algún deporte y dicen que cuando juegan al fútbol lo tienen que hacer con una pelota que ellos mismos compran pero tienen bronca porque les pusieron alambres de púas con la intención de pinchar los balones que anden cerca. -Este lugar olvidado de todo y por todos aún por las autoridades; un lugar donde reina la desidia, las condiciones infrahumanas y hacinamiento en todos los sentidos. La verdad que desde la última vez que vino la PROCUVIN en el 2017 nunca más hubo una visita así. Ojalá cambie esto para bien…no quisiera seguir estando aquí, ya que estoy en mis tiempos de salida condicional y ya he pasado por una situación que peligro mi vida el 26 de marzo de 2020 cuando se produjo el motín…- escribió uno de los internos a este cronista. El motín hace mención a los hechos desatados a partir del 24 de marzo de aquel año y que generó la muerte de cuatro internos. La primera explicación fue que se inició “durante un reclamo de mayores medidas preventivas contra el coronavirus y mientras se implementa el aislamiento obligatorio, informaron fuentes penitenciarias y sanitarias”, dijeron las noticias oficiales. Dos años después, casi la mitad de los más de mil presos no terminó la escuela primaria y el noventa por ciento no completó la educación secundaria. La mayoría, como siempre, son pibes menores de treinta años acusados de primeros delitos, desmintiendo de manera dramática la idea de que entran por una puerta y salen por la otra, la teoría de la derecha que se sintetiza en la puerta giratoria. Hay pabellones nuevos que están construyéndose de manera muy lenta pero en esas historias reflejadas en esos cuerpos, en esas miradas, hay mucho más que una política pública amarreta y casi ajena a la suerte de cada una de esas personas que están encerradas en la cárcel de Las Flores. Allí está la consecuencia de una cultura que castiga de manera feroz los delitos cometidos; que cree que la venganza es mejor que el ejercicio de la justicia democrática y reparadora. Los textos constitucionales que prometen la redención a partir de las cárceles se parecen mucho a una provocación en los pabellones de Las Flores. Algo de lo inhumano crece desde la humedad atronadora de los pabellones de resguardo y no se queda entre esas rejas y esos alambrados… Fuente: Entrevistas del autor en la visita a la cárcel de Las Flores el martes 2 de agosto de 2022, entre las 10 y las 12.30, junto a diputadas, diputados de la provincia de Santa Fe y la defensora oficial, Jaquelina Balangione. Edición: 4159  

Batalla de los colores
Publicado: Viernes, 05 Agosto 2022 13:11
Batalla de los colores

Por Alfredo Grande (APe).- Cuando la tierra pierde toda dignidad, cuando ni siquiera puede verse el horizonte porque siempre se aleja el amor y la ternura, entonces esa tierra pierde hasta el nombre. No es un desierto a conquistar. Es un páramo a olvidar. Cuando el tiempo se medía en días, meses, años, seguramente ese nombre se repetía, aunque fuera muy de vez en cuando. Hasta que hubo electricidad, en alguna computadora reciclada del basurero permitía leer algunas noticias de las tierras que todavía eran dignas. Hoy, en las tierras sin nombre, nadie recuerda eso. Desapareció el pasado porque la memoria resultó ser la peor compañía para el espanto. Y desapareció el futuro porque el sol dejó de aparecer y entonces sólo un presente continuo de negro y de grises marcaba diferentes formas del mismo continuo y eterno presente. Humo permanente de incendios que se reproducían y apagaban en forma permanente. Gases tóxicos que se generaban lejos, pero vientos y brisas letales, especialmente en las superficies, que toda vida arrebataba. En las tierras sin dignidad los peligros siempre estaban a ras del suelo, con lo cual caminar era suicidio. En los tiempos que ninguna memoria registra, se popularizaron imágenes que un dron tomara de humanos animalizados que intentaban recolectar alimentos. Los más afortunados encontraban inmensos basurales que fueron fabricados por inmensos camiones que llevaban volquetes. Terminaron siendo la casta de los recolectores. La idea, el concepto de basura dejó de referirse a lo inservible y pasó a ser garantía de supervivencia. En las tierras sin dignidad a nadie le importaba vivir de la basura. Solo importaba vivir. Sobre o sub vivir. Pero vivir. Al desaparecer el día y la noche, la alimentación era ocasional y absolutamente al azar. Las brújulas y las linternas se extinguieron al igual que la alegría y las sonrisas. Los tiempos de las tierras sin dignidad eran continuos, sin intervalos, sin pausas, sin descansos. Las imágenes de ese dron fueron estudiadas por los más importantes y sofisticados privilegiados de las tierras con dignidad. La hipótesis que tuvo mayor aceptación fue que la desechada teoría de Lamarck sobre la herencia de los caracteres adquiridos podría finalmente aceptarse como valedera. El dron captó imágenes animadas que fueron clasificadas como del género “homo”, o sea humano, pero del orden “rodentia”, o sea roedores. En las tierras sin dignidad se habrían creado unas criaturas que aun podían rotularse como “homínidos” pero con todos los hábitos de los roedores. Bizantinos debates sobre si la función hace al órgano, la eterna tensión entre determinismo y libre albedrío, hasta poner en duda la sabiduría de la naturaleza. El libro más popular en esos lejanísimos tiempos fue “Naturaleza o la sabiduría bizarra”. Quizá como una señal de bizarrismos, la autoría nunca llegó a conocerse y no pocos plantearon que el libro en realidad nunca fue escrito. Llegó a postularse que la teoría devino una ampliación, por cierto, malograda, de la expresión de un popular maníaco de pelucón salvaje que dijo con cuidada seriedad: “hay que eliminarlos como ratas”. Totalmente conjetural. No quedó registro alguno quedó para tener, aunque sea, una mínima certeza de esos dichos. Un enjambre de niños y niñas se arrastran por el suelo áspero y seco. Es como el cuerpo a tierra. Más bien es un cuerpo tierra. Casi imposible separar el cuerpo de esa tierra. Tierra estéril, quemada, intoxicada, arrasada, que apenas permite sostener vidas enterradas. Se actualizan las imágenes del dron que permitió desarrollar la hipótesis del “homo rodentia” El enjambre reptaba no sabiendo bien que buscaba, y no entendiendo tampoco que encontraba. Separarse incluso centímetros del suelo es un peligro mortal. Todavía quedan registros en los cuerpos de las máquinas con navajas que cortaban lo que encontraban. Cuerpos mutilados se desangraban durante el tiempo del dolor y la agonía. La memoria quedó incrustada en los cuerpos y ya nadie levantaba la cabeza. El enjambre chocó, embistió, lo que no pareció roca, porque era más blando, ni una máquina con navajas, porque nadie estaba herido. Algo olvidado, que por destinos que nunca serán entendidos, todavía palpitaba algo del calor, algo del vigor, algo del sabor de lo que alguna vez se llamó vida. En la tierra que perdió la dignidad era un encuentro imposible, nada podía ser recuperado, nada podía ser inventado. Cuando el enjambre se acercó lo suficiente, una voz que no era un aullido, ni un grito, ni un alarido, quebró los sonidos del silencio. “Finalmente han llegado”. Cuando en la eternidad nadie habla, en la eternidad nadie escucha. En las tierras sin dignidad, las eternidades y los segundos duran lo mismo. “He visto un arco iris”. Los integrantes del enjambre, que podían ser 5, 20, 100, se miraron a través de ese vidrio esmerilado que es la niebla permanente. Arco iris. ¿Qué sería el arco iris? “Colores con el fondo azul del cielo” pudo escucharse con cierto esfuerzo. ¿Qué son los colores, que es el azul, que es el cielo? “Sin colores todos somos ciegos” El enjambre lo siguió hasta algo que parecía una caverna blanda. Como refugio no parecía seguro. Pero la tierra era menos áspera y no raspaba tanto. ¿Era tierra? ¿Era una caverna? En un segundo, en unos meses, en unos años, el enjambre encontró enormes recipientes. Nunca supo el enjambre que habían encontrado los colores primarios: el rojo, el amarillo y el azul. Cuando el cuerpo encontrado dejó de hablar, dejó de moverse, decidieron colorearlo. Después todos los integrantes del enjambre empezamos a pintarse frenéticamente. Se pararon, aun torpemente, y esa caverna confortable fue el primer arco iris de interior. Pero en ese lugar empezó todo. Nadie lo supo hasta minutos, horas, meses. Quizá más. Pero ya nunca más importó. El tiempo volvió a ser importante. Poder caminar mirando hacia arriba también. Alguien recuperó unas letras borroneadas: "Y esta colonia que nos han sido. Y esta herida triste que han hecho de la vida. Y este gris de intemperie interminable. Y este ser silencio. Y estas servidumbres. Y este andar de mal decir a mal en peor. Y estas ganas de creer que no es cierto, que no nos han vendido, que no nos han vencido(1)". Y algunos enjambres, sin darse cuenta de lo que era exactamente lo que hacían, empezaron a cultivar una nueva dignidad para la tierra. La batalla de los colores había comenzado. (1)Fragmento de “Por suerte” de Gerardo Cirianni Edición: 4158

En la mira de una pistola
Publicado: Lunes, 01 Agosto 2022 12:21
En la mira de una pistola

Por Carlos del Frade (APe).- -Somos descartables, puntos en la mira de una pistola y eso no le importa a nadie… Eso dijo uno de los vecinos rosarinos que se movilizaron para exigir justicia por el asesinato de Claudia Deldebbio en la plaza “Rodolfo Walsh”, en el barrio Municipal, en el sur de la ex ciudad obrera, el sábado 23 de julio de 2022, luego de acompañar a su hija, Virginia Ferreyra, a tomar el colectivo quien, a su vez, recibió siete balazos y al momento de escribir esta nota peleaba por sobrevivir. Les tiraron ante la mirada impávida de policías que estaban en un patrullero en una de las esquinas de la plaza. Les tiraron porque no podían creer que un rato antes desde dos automóviles dispararon contra una de las torres del complejo habitacional. Les tiraron porque supuestamente en ese lugar vive una persona vinculada a las bandas enemigas. Pero les tiraron, fundamentalmente, porque el negocio de las armas, las balas y el narcotráfico imponen la necesidad de derramar sangre para seguir acumulando dinero en ciertas geografías muy distantes de plazas desangeladas. Siempre que se dispara una bala alguien cobra por el arma alquilada o vendida. De allí la contundencia de la simple frase del vecino: “puntos en la mira de una pistola”. Lo importante es la democratización de las pistolas. Para el negocio eso es lo que debe garantizarse, que las pistolas estén en cualquier mano en cualquier momento. Durante el primer semestre de 2022, en la ciudad de Rosario hubo 392 personas heridas con armas de fuego. Más de sesenta personas heridas por mes. Dos por día, una cada doce horas. Cifras que marcan la fenomenal obscenidad del negocio mafioso del contrabando de armas. Ya en 2018, desde esta misma columna, habíamos alertado que una escucha judicial detectó que un joven jefe de la banda narcopolicial “Los gorditos”, Brandon Bay, ordenaba tirar contra los cuerpos de bebés. A partir de ese momento se descendió un escalón más en el infierno del Dante. Ni la humanidad de las chiquitas ni de los chiquitos evitaría parar la condena de los ejecutores. La ferocidad y la perversión parecen funcionar como aceleradores de la acumulación de dinero para estas bandas nuevas que crecieron en forma paralela a la desarticulación de los grupos que durante una década parecían adueñarse de los barrios de la ex ciudad industrial. Horas antes de la balacera, el gobierno paraguayo a través de su justicia federal, informó que desde 2020 a 2022, seis toneladas de cocaína y marihuana partieron por las aguas marrones de los ríos Paraguay, Paraná y Del Plata, configurando lo que llaman la “hidrovía de las drogas”, una brutal confirmación de la permanente reconfiguración del estado bobo y cómplice de las mafias regionales. Los puertos por donde pasan los narcobarcos están en manos de multinacionales, demostrándose en la práctica que la corrupción no es solamente estatal. Y que esas exportadoras son las que además ahora se dedican a encorsetar democracias de baja intensidad como sucede en Argentina, Paraguay, Bolivia o Brasil. -A cualquiera de los que estamos aquí nos podría haber pasado lo que les pasó a ellas. No podemos salir a hacer las compras, a esperar el colectivo, no podemos hacer nada sin miedo. Queremos seguridad ya, necesitamos un puesto policial en la plaza en forma permanente. No queremos más Claudias ni que maten a nuestros hijos – añadió una de las mujeres del barrio donde mataron a Claudia e hirieron a Virginia. Mientras asoman estas nuevas e irracionales ferocidades, mientras crecen nuevas pandillas desesperadas por tener dinero de manera rápida y salvaje, el negocio diario y permanente del contrabando de armas junto al narcotráfico continúa sin importar vidas luminosas como las de Claudia y Virginia. Porque como decía el vecino con simplicidad, son descartables, “puntos en la mira de una pistola”. Edición: 4155

Los privilegiados
Publicado: Jueves, 28 Julio 2022 12:48
Los privilegiados

Por Ignacio Pizzo (*) (APe).- La infancia pobre de nuestro país, con cifras que notifican una fracción cada vez más grande es, en nuestro cuadro actual, una filmación perversa, que decidió rodarse sin indicios de final feliz. Evita fue la autora de un hecho disruptivo, irritativo e irreverente, que puso en valor, en términos de hoy, a la infancia y nos interpela, revisando la historia, para mostrar que no hay imposibilidad alguna ante decisiones políticas férreas. Los que hoy son privilegiados, son los que sostuvieron la pancarta de “viva el cáncer” y que se pasaron la posta a lo largo de los años, para que a nadie se le ocurra repetir jamás aquella experiencia. Sostienen el cáncer hasta tal punto que expande sus metástasis incluso en sectores filoperonistas, progresistas y de la izquierda que se resigna indignamente hacia la fase conversa y sostiene también que es inevitable un ajuste en las circunstancias actuales. En el artículo “El día común en la época de Eva Perón. Experiencias de infancia en el hogar-Escuela durante el gobierno peronista”, Mariano Pussetto, licenciado en antropología, describe (en un relato de experiencia sistematizado a través de dos actores, convivientes de un Hogar-Escuela en Córdoba) la idea del privilegio en los niños, materializada, concreta, simple y compleja a la vez. Allí se muestra cómo el cotidiano construye futuro. Como la integralidad elude lo puramente discursivo en un emprendimiento, sanitario, pedagógico y convivencial. Los niños y niñas concurrían a la escuela pública de calidad y pasaban el resto del día en un lugar impregnado de dignidad. Carlos y Juan dos internos de una escuela-Hogar, recuerdan su experiencia como una de las más significativas de sus vidas. Uno de ellos relata que no es peronista. Lo cotidiano es político, organiza, estructura la vida, un hecho de relevancia para el hogar-escuela. Pero las responsabilidades parecen estar articuladas con disfrute, con lo lúdico: la supervisión de las preceptoras para el cumplimento de las diversas tareas, escolares o de rutina; el cuidado en la higiene y la vestimenta; el transporte a la escuela, que se mezcla entre el juego y la disciplina horaria. Esto se señala en el citado artículo. La frase los únicos privilegiados son los niños es emblemática en tanto política dirigida a la población infantil, relata Sandra Carli en un trabajo del 2002. Eso funcionaba de una manera absolutamente metódica y amorosa, porque había un principio que no hay que olvidar: «los únicos privilegiados son los niños». En el hogar-escuela, en la época del peronismo, un niño no podía ser castigado bajo ningún punto de vista (Juan, 2018). La asistencia a niños, niñas y adolescentes se extendía desde la crianza hasta su juventud, construyendo una relación sin mediaciones entre líderes políticos, niños y jóvenes (Carli, 2005) La acción política sobre la infancia se debía dar en el hogar, en el barrio y, sobre todo, en la escuela, pero también se utilizaban otras instancias como campeonatos deportivos, la distribución de juguetes, las colonias de verano, entre otras. Los entrevistados en el trabajo de Mariano Pussetto hacen un constante hincapié en el vínculo marcado por el afecto. Dentro del hogar escuela funcionaba “El hospitalito”: allí la atención sanitaria de niños , niñas y adolescentes tenía una prioridad dentro del tejido armado para esa comunidad infantil. La revisión médica y odontológica se realizaba de manera periódica.Juan, uno de los entrevistados y fuente testimonial en el trabajo de Pussetto decía: “Y todo eso estaba perfectamente organizado, con preceptoras que nos cuidaban, que nos atendían con cuidados muy especiales, revisación médica y odontológica todas las semanas. Había, por supuesto, un sistema de salud que funcionaba como una maquinaria aceitada, era una cosa espectacular”. En el 2022, nuestra Argentina escribe su página más dolorosa. Más de la mitad de dicha página tiene la estadística de la obscenidad capitalista, la pobreza infantil. Cuando se cumplieron 70 años de la muerte de Eva Duarte, la dirigencia sindical unida que no negocia paritarias, ni realiza medidas de fuerza a la alza para que el salario llegue a fin de mes, realizaba una marcha de antorchas en su conmemoración. Y el gobierno genuflexo, en sintonía opositora, otorga un dólar especial: el dólar “agro” a los grandes productores del campo. Los acopiadores y especuladores de antaño, uno de los grupos privilegiados, los privilegiados del cáncer. Lo que no parecen entender los privilegiados sindicalistas devenidos en empresarios o, en el mejor de los casos en burócratas sin representación, los privilegiados gubernamentales y los privilegiados de la oligarquía del siglo veintiuno, es que un cuerpo con cáncer aunque cuente con tejidos sanos, muere igual. (*) Médico generalista. Casa de los Niños Pelota de Trapo - Cesac N°8 Edición: 4154

Niños que no se van
Publicado: Miércoles, 27 Julio 2022 13:07
Niños que no se van

Por Mercedes Mechi Méndez (*) (APe).- Me pasa siempre, me pasó hoy. Aunque me dedico desde hace años a los Cuidados Paliativos Pediátricos, cada vez que pasa vuelve esa sensación y debo recordar nuevamente los objetivos de mi asistencia. A veces conozco a los pacientes desde el debut de su enfermedad, otras en medio del tratamiento; algunas veces desde el comienzo y hasta su muerte, con algunos baches de descanso en el medio según sus necesidades y otras muchas demasiado cerca del final de sus vidas, con lo cual establecer un vinculo no es imposible pero cuesta un poco más. Las necesidades y los cuidados a cubrir van variando, de acuerdo con el momento de su tratamiento en que se encuentren. A veces es específicamente control de síntomas, acompañarlos en el aprendizaje de todo lo nuevo que este proceso que irrumpió de golpe en sus vidas les impone o ayudarlos a elaborar los distintos duelos/pérdidas por los que van pasando: caída del cabello, movilidad, amputaciones, la vida que tenía, su libertad, su hogar, su ciudad, la comida de casa, sus olores, sus mascotas, sus amigos, la mesa familiar, hasta su clima. Hacia el final cuando ya nada resultó como se deseaba, abordar la culpa, más miedos, los silencios, las crisis existenciales, el sufrimiento, más síntomas, las despedidas, escuchar, acompañar, contener… escuchar, acompañar, contener.Pero en el medio de esa trayectoria hay un vínculo que atraviesa toda la asistencia y que se establece a veces de a poco, otras veces con la inexplicable velocidad de un rayo. Y son días y días –a veces- de compartir internaciones, miedos, efectos adversos, malas noticias, soledad, desánimo, educación, rezos, plegarias, esperanzas, desasosiegos, cumpleaños, diálogos íntimos a solas y/o en familia, angustia. Días en los que aparecen las lágrimas pero también las risas, el afecto, los abrazos, la música, los dibujos, las dedicatorias, los juegos, la escuela, fotografías y amor, mucho amor. Suelo escribir bastante, mucho menos de lo que quisiera. A veces sólo notas breves en mi agenda, la que siempre me acompaña cuando trabajo; otras las vuelco en el papel como relato, sólo para que no se me olviden. Me enoja que historias hermosas queden en el olvido. A veces ellas son lo único que queda. Cuando un paciente muere suelo poner su nombre arriba del todo de la hoja de la agenda, así manuscrito nomas, como el resto de las notas y al ladito (+)… El día siguiente a esa anotación, suele ser raro, distinto, a veces con pocas ganas; me reconozco menos autoexigente y trato –en lo posible- de no pasar de inmediato por ésa, la que fuera su habitación. No sé qué es peor como imagen: observar la cama vacía o verla ya ocupada tan rápidamente por otro niño o niña, otra familia, otras historias. Es como dar vuelta la última página de un libro hermoso que leíste y sin siquiera reflexionar qué fue lo que te dejó su encuentro, que te traigan rápidamente otro ejemplar para empezar a ser leído. Como si nada, como si todo. Por suerte -creo que me lo dieron los años y la formación permanente, la búsqueda del sentido y el compromiso con lo que hago- los objetivos están claros y en esa búsqueda siempre intento rescatar lo positivo que me dejó esa asistencia/vinculo que termina, por ejemplo de León –nombre para la ocasión- ayer a la noche. Aproximadamente dos meses de asistencia, seis años, hijo único, un tumor óseo que lo invadió sin piedad y en seis meses, primero se llevó uno de sus brazos y rápidamente todo lo demás. Pero conocerlo y atenderlo fue maravilloso, triste pero increíble; sus sonrisas, sus palabras con la sabiduría de un adolescente casi adulto, su capacidad para reponerse, su “gracias Mechi”, “mirá que te espero eh”, “¿nos relajamos?”, “te quiero”, su claridad para explicitar lo que no quería, su dibujo, pintado ya con una sola manito y tantas otras cosas se quedan conmigo. Venían no siendo buenos días para él, tampoco para su mamá, sus tíos, incluido el equipo tratante estaba afectado. Sabía que ayer era el último día que nos veríamos, eso ya es doloroso, muy. Murió a la noche. Hoy por la mañana, sin querer pasé por allí y no pude no mirar para adentro tal vez para corroborar lo que ya sabía. El libro se había acabado, alguien había dado vuelta la última hoja. Y traído otro libro en su lugar. Y así estoy hoy recordando todo lo atesorado en estos meses compartidos como un ejercicio infalible e infaltable para no morir de tristeza con cada uno de ellos y trascenderlos en mi memoria y mi corazón para siempre, con la seguridad de que es un enorme privilegio que me dejen leer, compartir y disfrutar algunas páginas de sus vidas, tal vez las más intensas. Mechi, Julio-2022 Edición: 4153

Para Andrés Carrasco, que cumple años hoy (*)

Por Silvana Melo

Foto de apertura: Pablo Piovano
 

     (APe).- En la periferia de la pandemia, los venenos del sistema productivo oficial siguen atacando, por lo menos, el sistema inmunológico de los niños del país. Los dieciséis agrotóxicos que el grupo de investigadores de la Facultad de Ciencias Exactas de la Unicen, liderados por la profesora Graciela Canziani, encontraron en el agua y en el suelo de las escuelas rurales de Tandil, no pueden sorprender. Los patios de recreo de los niños del campo en el paraíso donde las clases acomodadas del AMBA sueñan con migrar, son páramos fumigados. Donde los chicos relatan con orgullo que se ponen las mochilas cargadas de sopas de venenos para ayudar a sus padres a ponerles “remedios a las plantas”. Donde todavía los niños son banderilleros , marcan dónde hay que fumigar y reciben la lluvia cada vez.

Silenciosamente, cuando todo es Covid19, Canziani, sus estudiantes y graduados y la investigadora del INTA, Virginia Aparicio, presentaron por YouTube el informe con la impronta de los tiempos: las caras en cuadritos en la distancia social del virus. Y las preguntas por chat. Silenciosamente, Canziani y parte de su equipo desnudaron con discreción académica la peor cara del sistema productivo: la necesidad de sustentarse con la utilización desmesurada de agroquímicos. La rentabilidad ciega a costa de la salud de la población.

Para desarrollar el proyecto y lograr su financiación sin cuestionamientos desde el origen, lo llamaron EcoAgricultura. Sin la palabra agroquímicos en el título para no generar controversias ni urticarias institucionales. Ya en el campo, el intercambio con los niños, los docentes y las familias fue profundo. Descubrieron que el suelo en el que pisan, se revuelcan y juegan y el agua que consumen los alumnos de las escuelas rurales tienen 16 agroquímicos. Algunos paradigmáticos y temibles como el clorpirifós y el 2,4-D. Más atrazina y glifosato. Escucharon a los niños relatar que “el papá les pone la mochila para fumigar con él”. Una chiquita, narró Canziani a APe, “contó que a veces el líquido se le chorrea por la espalda. ‘Mi mamá después me llama para que nos vayamos a bañar’”. Ante semejantes relatos, la directora murmuró: “hemos destapado una lata de gusanos”. Esa directora tiene un marido aplicador con cáncer.

Los estudiantes y los graduados de Ciencias Exactas y Ciencias Humanas de la Unicen hablaron con los chicos sobre bichitos y abejas. Sobre verduras que no reconocían, a pesar de vivir en el campo. Sobre huertas que nunca habían hecho. Sobre lechugas y naranjas que iban a comprar a Tandil. En una de las escuelitas, los niños –de entre 8 y 10 años- “eran banderilleros para el papá”. Relataban con orgullo que iban como rescatistas a aplicar “remedios para las plantas”. La directora de la escuela, relata Graciela Canziani, “es productora apícola agroecológica. Ella contaba que esos chicos faltaban el lunes y el martes llegaban muy descompuestos a clase”. Es una escuela asentada en zona ganadera pero junto a ella hay un depósito de plaguicidas porque el vecino se dedica a las aplicaciones. También hay un mosquito. Es decir, un foco de contaminación constante para los chicos.

La investigación se realizó entre 2017 y 2018 en 15 escuelas rurales de Tandil. Sobre ruta 226, a 35 kilómetros de la ciudad, hay una escuela de concentración con jardín , primaria y secundaria. Y fumigada. Hay una ordenanza que prohíbe pulverizar a menos de 150 metros pero la soja llega a tres metros de la ventana de la escuela, relató Canziani a APe. Entonces “cuando fumigaron, se quemaron los agapantos del jardín del establecimiento”. El Director de Ambiente trasladó la denuncia de los padres a la oficina provincial. Que envió una inspectora a chequear que los denunciantes tuvieran hijos en la escuela. La preocupación provincial caminaba por otros carriles que la de los vecinos.

Cuentan los investigadores que “una hematóloga tandilense habla de mujeres que suelen ir a hacerse análisis para tratar de determinar el por qué de un segundo aborto espontáneo sin explicaciones”. Pero no se le practican análisis de plaguicidas en sangre. “El hipotiroidismo es epidémico en Tandil”, aseguran. Varios de los agroquímicos encontrados son disruptores endocrinos, es decir, alteran el sistema hormonal. “En el plazo de un mes fueron derivados a un hospital de Mar del Plata cuatro chicos con tipos de cáncer que suelen darse en adultos pero no en niños”.

La directora de una de las escuelas, ubicada a mitad de camino entre De la Canal y la base aérea, llegó a pararse delante de los mosquitos para frenarlos y llamar a la policía. Está en el medio de la nada. A esa escuela van hijos de peones y también hijos de propietarios. En una disputa cultural en territorio que nunca está resuelta. Donde los niños hacen pequeñas huertitas en los bidones de agroquímicos cortados a la mitad. Donde también trasladan los huevos.

Dice el informe: “Los niños en particular son altamente susceptibles a la exposición a plaguicidas, porque su organismo no está totalmente desarrollado”. A la vez, “la exposición laboral a plaguicidas es un riesgo serio para los trabajadores agrícolas, los aplicadores y los operadores comerciales de control de plagas porque ocurre repetidamente y por períodos largos”. Generalmente se mide la toxicidad de cada uno de los pesticidas, pero “no se evalúa el riesgo real de las mezclas de sustancias como glifosato con clorpirifós, cipermetrina con 2,4-D o con atrazina o de las muchísimas posibles combinaciones”.

El clorpirifós está prohibido en gran parte del mundo. Es un agente nervioso pariente del gas sarín. Que actúa sobre el sistema neurológico. Es el que lleva Estela Lemes en la sangre, maestra rural fumigada en la escuela 66 de Entre Ríos. Uno de los símbolos de esta lucha.

Virginia Aparicio, investigadora resistente del INTA Balcarce, “hizo un estudio sobre las partículas que trasladan a los herbicidas”, explica Graciela Canziani. “Y analizó que la mayor concentración aparece por debajo de 1.50 metros”. A esa altura están los niños.

 

(*) Andrés Carrasco, Ciencia Disruptiva, su película, está liberada durante todo el día en su homenaje. Clickear aquí

Para ver la presentación del informe sobre plaguicidas en las escuelas  rurales de Tandil, clickear aquí.

Edición: 4026

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